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LA OPOSICIÓN A JESÚS EN EL EVANGELIO DE JUAN

Notas de teología juanina

Felipe Santofimio Aragón

Estudiante,  Fundación Universitaria Seminario Bíblico de Colombia

Desde el prólogo del evangelio (1:1-18), el tema de la oposición a la persona de Jesús y a su ministerio se presenta en dos términos: en términos de contraste y en términos de paradoja.  El contraste se percibe desde la declaración “Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron (ó dominaron)” (1:5); el contraste representa una lucha de fuerzas antagónicas: la luz vs las tinieblas.  La paradoja se puede ver en los vv.10-11: “En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por medio de él, y el mundo no le conoció.  A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”; a lo largo del evangelio, la oposición férrea a Jesucristo se da en la ciudad de Jerusalén, en donde se supone que la vida piadosa reinaba, y protagonizada por los principales sacerdotes y escribas de la nación, quienes se suponían que debieran ser los primeros creyentes en Jesús y su ministerio.  Además, en los vv. 12-13, se personifican a aquellos que harán parte de la fuerza de la luz: “los que creen en su nombre”, a quienes se les da el derecho de ser hijos de Dios por la voluntad de él mismo.  Por lo tanto, el presente escrito se concentrará en comentar en los términos anteriormente señalados, las escenas del evangelio de Juan en los cuales se manifiesta la oposición a Jesús y a su ministerio.

Un primer acercamiento entre Jesús y su oposición puede observarse desde el 2:13 hasta el 3:21.  El entorno de la escena es Jerusalén.  La primera división de esta sección (2:13-25), se relata en el Templo: Jesús denuncia que la casa de su Padre se ha convertido en casa de comercio, por lo tanto, expulsa a “los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los que cambiaban dinero”.  La oposición a Jesús pudo haberse manifestado en: la perdida de la vocación del Templo, lo que a su vez manifiesta la pérdida de la vocación de los sacerdotes, de los prominentes de la ciudad, y del pueblo común, en cuanto a la práctica de la fe guiada por los escritos de la Ley y los profetas que se debiera estarse ejerciendo en la ciudad de Jerusalén.  La reacción de Jesús, manifiesta lo desvirtuada y resquebrajada de la fe genuina que debiera poseer en pueblo judío.  Por consiguiente, la pugna entre Jesús y “los judíos” sería una consecuencia natural del antagonismo entre la doctrina y práctica de la fe que representaba Jesús y la doctrina y práctica de la fe que representaban los “judíos”.

La segunda división de esta sección (3:1-21) es representada por un diálogo entre Jesús y un “prominente entre los judíos”: Nicodemo.  El diálogo se centra sobre lo que se necesita para ver el reino de Dios: el “nacer de nuevo”, y el parágrafo de ese diálogo (3:16-21) da los alcances de lo que significa “nacer de nuevo”.  El “nacer de nuevo” como requisito para ver el reino de Dios, estaba separando la concepción de que el nacer en la simiente judía daba el privilegio de pertenecer al reino de Dios.  El “nacer de nuevo” aún es necesario para aquellos que son de la simiente judía, y más aún, necesario para los prominentes judíos.  El parágrafo de los vv.16-21, pone en perspectiva el “nacer de nuevo” y lo relaciona con el creer en Jesús.  Por lo anterior, la oposición a Jesús se manifiesta en el no creer en Jesús, lo cual acarrea un estado de condenación y el ser calificado como participante de las tinieblas y hacedor de lo malo.  En contraposición, el evangelista propone el creer en Jesús, lo cual implica pertenecer a la luz, como medio para “nacer de nuevo” y disfrutar de la “vida eterna”.  El contraste es percibido entre el creer y no creer en Jesús.  El que cree se hace perteneciente a un bando antagónico al que pertenece el que no cree.  La paradoja se ve en el hecho en que el ser parte de la simiente judía no conlleva a formar parte del reino de Dios, por lo que hacía necesario que el de simiente judía tenga que “nacer de nuevo”.  

El capítulo 4 no se muestra oposición, la página del ministerio de Jesús en Samaria sí establece una relación paradójica con el pueblo judío.  El pueblo digno del rechazo judío y establecido fuera de los linderos de la tierra “elegida”, sí reciben el mensaje de Jesús y le creen.  El pueblo que tendría argumentos para rechazar a Jesús, cree a su mensaje.  A su vez, esto se constituye en un severo contraste con el pueblo judío, el cual no debiera haberse constituido en la encarnación más ardua contra Jesús y su ministerio.

En el capítulo 5 se vuelve a presentar el encuentro antagónico de Jesús y los “judíos” en Jerusalén.  La razón del enfrentamiento fue la curación de un hombre que llevaba 38 años enfermo, y además, dicha curación se realiza en un día de reposo.  El discurso de Jesús señala las razones por las cuales los judíos natural y lógicamente se le oponen: “Y el Padre que me envió, ése ha dado testimonio de mí. Pero no habéis oído jamás su voz ni habéis visto su apariencia. Y su palabra no la tenéis morando en vosotros, porque no creéis en aquel que Él envió.” (5:37-38).  Aunque eran defensores del cumplimiento del día de reposo, no eran un pueblo que no tenía la palabra de su Señor morando en ellos.  Eran un pueblo con un nominalismo religioso, y una doctrina y práctica de fe desvirtuada de la fe original a la que fueron llamados a seguir.  La unanimidad de Jesús con el Padre era de las razones más fuertes que impulsaban a los judíos a la oposición, por lo que el mismo Jesús apela a las “Escrituras” (5:39) y a “Moisés” (5:46), como argumentos de unanimidad con el Padre, pero debido al desconocimiento de la voz del Señor no pueden creer en Jesús.  El creer vuelve a ser protagonista de la alineación de bandos entre los que están con Jesús y los que se encuentran en su contra.  La declaración: “ el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no viene a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida.”, pone en perspectiva las implicaciones del creer en Jesús.  El no creer en Jesús evidencia la no práctica de la doctrina y de la fe de las “Escrituras” y de “Moisés”.  Una vez más el antagonismo paradójico se hace evidente: la oposición se sucede en el lugar que debiera reconocer a Jesús y es ejercida por las personas que debieran tener un conocimiento profundo de las “Escrituras” y de “Moisés”: los judíos de Jerusalén.

En el capítulo 7, después de que el escenario fuera Galilea, Jesús sube otra vez a Jerusalén en la fiesta de los Tabernáculos.  Y es en la sección de 7:1-8:59, la ubicación de otra de las controversias de Jesús con los “judíos”.  Las declaraciones de Jesús en donde afirmaba que su procedencia era del Padre y que sus contradictores no conocían al Padre (7:28-29; 8:18-19), prendían los ánimos en su contra.  Una vez más el argumento del desconocimiento del Padre por parte de los “judíos” los pone en oposición natural y lógica contra Jesús.  Pero el argumento cumbre que Jesús pronuncia en contra de los judíos se relaciona con la seguridad que ostentaban los judíos de pertenecer a la descendencia de Abraham (8:31-59).  Las palabras de Jesús no tienen “cabida” en los judíos porque no conocen las palabras de Dios.  Jesús declaró: “Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais, porque yo salí de Dios y vine de él, pues no he venido por mi propia iniciativa, sino que él me envió” (8:42), y esto es la preparación de la más grande verdad acerca de la paternidad de sus opositores: “Sois de vuestro padre el diablo” (8:44).  Jesús claramente indica que su simiente de Abraham no les coloca directamente como parte del pueblo de Dios, a no ser por el creerle al él y que fue enviado por el Padre.  Las declaraciones de Jesús claramente muestran que la procedencia suya y la de los “judíos” son incompatibles y antagónicas: él procede del padre, ellos no son hijos del Padre sino del diablo.

En la sección comprendida entre el 9:1 -10:42, Jesús es ubicado en Jerusalén, y como un paralelo con la sanidad que había realizado de un hombre que hacía 38 años había estado enfermo, por lo que fue duramente criticado por los principales de la ciudad, ahora, en el mismo escenario se sucede la sanidad de un ciego, y así mismo levantó una gran oposición de los principales judíos.  La trascendencia de este hecho lo hace Jesús mismo a través de la alegoría del buen pastor, por medio de la cual ataca directamente el rol de los principales judíos como rectores de toda la nación, y les identifica como ladrones y salteadores, y posteriormente como asalariados que no son capaces de poner la vida por su redil (10:1-15).  Los opositores a Jesús no son los verdaderos pastores de la nación.  Quienes debieran regir a la nación con el rol de pastores que guiaran la grey por el buen camino, son en realidad tiranos que luchan por el mantenimiento de sus propios intereses y beneficios.  Así mismo Jesús apela a su unidad con el Padre para argumentar la legitimidad de su procedencia y de su ministerio, pero también para enfatizar la falsedad del ministerio de los principales sacerdotes, fariseos y demás principales, quienes debieran conocer e identificar a Jesús como el Cristo.  El elemento paradójico, es que el ciego que fue curado, que no es sacerdote ni principal, sí identifica a Jesús como Señor digno de adoración (9:38), más los prominentes insisten en su rechazo.   

En la siguiente sección (11:1-12:10) se sucede la señal más relevante que identificaría a Jesús como proveniente del Padre: la resurrección de Lázaro.  La respuesta de los principales judíos ante esta señal fue el planear matarle (11:45-57).  Ante la señal más contundente de su desacierto, los “judíos” insisten en su rechazo definitivo y contundente planeando matarle.  Muchos de los judíos “creyeron en él” (11:45), pero el evangelista no hace énfasis en su relato de éstos, sino más bien de los insignificantes Lázaro, Marta y María, quienes si creen en él, mucho más después de la señal.  A esta altura del evangelio, la pugna entre Jesús y sus opositores se acentúa y apunta hacia la manifestación clímax de la oposición: la crucifixión de Jesús en Jerusalén.

En algunos apartes de la sección del discurso de despedida de Jesús hacia sus discípulos  (13:1-17:26), declara a sus discípulos que así como él ha tenido oposición, ellos también la tendrán (15:20).  La sentencia de Jesús hacia la oposición de los judíos hacia él y sus discípulos es certera: “Pero esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.  Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado, pero ahora no tienen excusa por su pecado.  El que me odia a mí, odia también a mi Padre.  Si yo no hubiera hecho entre ellos las obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora las han visto, y me han odiado a mí y también a mi Padre” (15:21-24).  Los principales “judíos” quienes debieran conocer al Padre y a su Hijo, e identificarlo como su enviado, no les conocen y por el contrario se convirtieron en oposición de Jesús y de Dios mismo, por lo tanto “no tienen excusa por su pecado”. 

El clímax de lo paradójico se muestra en el hecho de que uno de los doce discípulos cercanos de Jesús es quien lo traiciona y negocia su entrega con los principales “judíos”: Judas Iscariote (18:1-4).  Posteriormente Jesús es llevado ante el concilio de los principales y del sumo sacerdote, en donde finalmente es sentenciado y remitido a Pilato, quien por hostigamiento de los “judíos” le condena a la muerte.

Aplicación

La historia de la oposición de Jesús se escribió en el seno de su propio pueblo.  Quienes tenían todos los argumentos para identificarlo y aceptarlo, las “Escrituras” y “Moisés”, lo rechazaron y lo mataron.  Dios nos libre que en el día de hoy, en donde se presume que la iglesia protestante evangélica es la portadora del mensaje de Jesucristo, la abanderada de su causa en el mundo, muchos seamos condenados por el mensaje y la causa que ostentamos.  Son muchas las similitudes que podríamos tener con los “judíos”: tenemos el testimonio de las “Escrituras”; amadores de la pompa de la liturgia (días de reposo, pascua, fiesta de la Dedicación, fiesta de los Tabernáculos) pero desconocedores de Jesús y de Dios Padre; la lucha por mantener el poder.  En estos tiempos donde aparentemente la fe cristiana ha avanzado y ha alcanzado a multitudes, nos es necesario conocer a Jesús.  

 

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