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Surgimiento y desarrollo del “mito” COMO categoría hermenéutica Y SU APLICACIÓN BÍBLICA

Una refutación a este enfoque liberal

Profesor Mario Cely Q. (Th. M.)
Seminario Teológico Reformado de Colombia (Bogotá)

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LA INTERPRETACIÓN MÍTICA DESDE LOS FILÓSOFOS GRIEGOS HASTA EL RENACIMIENTO 

Es necesario comprender cuáles han sido los pasos históricos de la tesis mítica como exégesis o interpretación bíblica en la teología liberal. La posición evidentemente es filosófica. Como una expresión simbólica, el mito ha influido en las mentes más profundas del pensamiento humano. Tanto la teología modernista católica romana como la teología protestante liberal aplican el recurso del mito a los pasajes bíblicos que no se pueden entender con la razón humana. En otros términos, se desecha el sobrenaturalismo bíblico: los milagros, la doctrina de la Trinidad, el nacimiento virginal de Jesucristo, etc. Trataré de demostrar que la herramienta del “mito” aplicada a la Biblia no es sino una “alquimia teológica” irracional que nada tiene que ver con los mismos hechos históricos y los propios datos de las Escrituras.

1.  Filosofía y mito

         El filósofo alemán Ernst Cassirer (l874-l945) sostuvo que el reconocimiento del mito significaba un problema filosófico. Para este autor el mito es un signo del progreso definitivo de la antropología y de la historia moderna de la religión. Cassirer propuso que los propios pasajes de la Biblia eran míticos y rituales antes que revelación dogmática.[1] Para el famoso sociólogo francés Emile Durkheim, los pasajes sobrenaturales de la Biblia también son mitos cuyas fuentes no pueden ser halladas en el mundo físico[2]. Debemos entender que como herramienta de interpretación, el denominado mito, tal como llegó a la teología liberal protestante y católica, ya se encontraba en los albores de la antigua filosofía griega. En aquel período del pensamien­to filosófico el mito es la fe del vulgo, es la herramienta con que se enfrentan los grandes interrogantes que intuye el alma humana: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Para dónde voy? Se estima que los mitos resultan de la tradición del pueblo que es ciego, ignorante, irre­flexivo y crédulo. Con los presocráticos (los filósofos antes de Sócrates, 469 a. C.) el mito comienza a desarrollarse en un pensamiento serio: Homero y Hesiodo se destacan por sus doctrinas sobre el origen de los dioses (teogonías) y del mundo (cosmogonías). Según la mitología de Homero, la causa de todas las cosas y del devenir se encuentra en las divinidades marinas Océano y Tetis. Para Hesiodo el Caos, el Éter y Eros son los comienzos originarios de todas las cosas. Es curioso que asimismo se traten otros problemas como la brevedad de la vida, el origen del mal, el fin principal del hombre y de lo que sigue después de la muerte, etc.

         No son pocos los filósofos que han declarado que la vida y la cultura de los pueblos han sido moldeadas en gran manera por la noción del mito. El influjo intuitivo y gráfico, la concepción del universo y de la vida terrenal, los conceptos personificados en el pensamiento de los filósofos se deben a la imaginación mitológica. En este sentido sobresalen los mitos de Platón que encontramos en su obra Los Diálogos.[3] La evolución dogmática del mito en el terreno filosófico nos dirige ahora la opinión de Aristóteles.

2.  La influencia de Aristóteles (435-355 a. C.) en el concepto del mito

         Para el filósofo griego de Estagira (su tierra natal) el mito no puede ser considerado como ciencia. Aristóteles opinaba que los antiguos “teólogos” tan solo transmitieron el fondo tradicional sin dar ninguna prueba de sus doctrinas. Para Aristóteles, el filósofo debe colocar una línea divisoria entre el mito y la filosofía. Aquí entramos a un terreno sumamente importante. Conviene recordar que la teología liberal se para justamente en la misma posición aristotélica del mito. Para los discípulos de Niebuhr, Barth y Bultmann, herederos de la mejor tradición liberal desde los días de Schleiermacher, los relatos de los primeros once capítulos del Génesis vienen a ser también una línea divisoria entre la realidad y el mito. De este modo, la teología liberal introduce el esquema aristotélico a su quehacer teológico. La antigua idea filosófica griega es reproducida en la teología arguyendo que el sobrenaturalismo de las Escrituras y la existencia de Adán y Eva no son teología histórica sino mitos. Ya que no se pueden verificar científica e historiográficamente, la conclusión salta a la vista: son solo fantásticas imágenes producidas por el genio religioso popular de los antiguos descendientes de Heber, el progenitor de los hebreos (Gén. 10:21,25).

         Vamos comprendiendo de cuál fuente es que la teología liberal y sus adeptos han bebido para hacer una aplicación directa de la teoría mítica al texto bíblico. Un nuevo y curioso paralelo podemos notar entre filosofía griega y teología liberal. En palabras de Aristóteles: “El mito filosofa a su manera”. Lo que el antiguo filósofo quiere expresar es que el pensador ya no vive ciega y crédulamente del patrimonio espiritual de la comunidad, sino que más bien el individuo a solas y en la madurez de su pensamiento, reelabora y examina lo que ha de tener por verdadero. Un ejemplo de la similitud del pensamiento liberal con la filosofía griega nos lo ofrece R. Bultmann al expresar:

“Todo el concepto del mundo que se presupone en la predicación de Jesús, como en general en el Nuevo Testamento, es mitológico. Este concepto del mundo lo llamamos mitológico debido a que es diferente del concepto del mundo que ha sido formado y desarrollado por la ciencia desde su inicio en la antigua Grecia, y que ha sido aceptado por todos los hombres modernos”.[4]

         Y el profesor Ogden clarifica la posición de Bultmann acerca de la clasificación del mito con las siguientes palabras:

“Mito es aquella manera de hablar en la que el ámbito de lo divino es conceptualizado como si fuera el objeto de la clase de pensamiento que es apropiado para la ciencia”. [5]

    En este sentido, los teólogos liberales dirán: el “mito” bíblico teologiza a su manera.

3.  El neoplatonismo y la interpretación alegórica-mitológica de Alejandría

         La expansión ecuménica del helenismo produjo un interesante movimi­ento que repercutió en un contacto directo entre la cultura griega y el judaísmo. El representante más destacado de este encuentro es el filósofo judío Filón de Alejandría (25 a.C.- 40 d.C.), contemporáneo de Jesús de Nazareth. Mientras que casi todas las corrientes filosóficas caminan a su fin durante el imperio romano, de repente, el pensamiento mundial es sorprendido por la aparición del neoplatonismo. Esta corriente filosófica posee una característica notable, un rasgo que hizo que muchos descreídos volviesen a mirar el por qué y para qué de la vida. El neoplatonismo promueve un fuerte sentimiento religioso cuya mística se mezcla con los textos del Antiguo Testamento. El judío Filón es el artista que hace posible el conocimiento del AT al mundo helenista o cultura griega de sus días. Pero, ¿cuál fue la hermenéutica de Filón? El método alegórico.

         Para Filón, la tradición y las nuevas formas de la civilización se podían resolver apelando a la alegorización de la herencia religiosa. Filón consideró que el Pentateuco y sus narraciones sobrenaturales tales como el paso del Mar Rojo, las plagas de Egipto, las manifesta­ciones divinas en el Monte Sinaí, no debían ser tomados literalmente. Más bien todo esto debe ser entendido como narraciones a las que se le ha de buscar su propia moraleja o significado. Esto último ha de buscarse en su sentido simbólico, oculto, por medio de la alegoría. De este modo, Filón aplicó el método alegórico como criterio hermenéutico para interpretar toda la Escritura. De ahí que no es extraño que la teología cristiana alejandrina heredara del filósofo judío este método para interpretar la Biblia. Tampoco es descabellado afirmar que el liberalismo teológico es un reavivamiento de la exégesis de Filón.

         Clemente y Orígenes de Alejandría son ejemplos elocuentes de la in­fluencia de muchos de los sistemas paganos que llegaron a controlar la mente de muchos cristianos de aquellos tiempos. Para estos alejandrinos, el uso de la filosofía griega contribuía a una recta interpretación de las Sagradas Escrituras. Hoy, dentro de la iglesia evangélica algunos están pretendiendo hacer lo mismo. Pero esta vez, interpretando las Escri­turas con la desfasada herramienta del racionalismo teológico de los siglos pasados más el idealismo existencialista del siglo XX. Así, la lectura de la Biblia es controlada por estos métodos dando como resul­tado una perfecta interpretación humanista. Dicha interpretación es la que agrada hoy a los protestantes ecuménicos liberales. También a los romano-católicos progresistas que gustan de la Teología de la Liberación aquí en América Latina.

         ¿Qué diferencia existe pues entre la interpretación alejandrina de las Escrituras y la aplicación de la teoría mítica de aquellos que se consideran teólogos “anchos” o neo-evangélicos liberales? La diferen­cia es sólo de grado, pero muy ínfima. Ya que algunos optan por “desliteralizar” la existencia de Adán y Eva utilizando para ello el recurso alegórico del mito, la acusación de alejandrinis­mo es justa. De este modo, quien afirme que los relatos narrados en los tres primeros capítulos del Génesis deben ser comprendidos o interpretados por el recurso del mito, no es justo con la revelación histórica de Dios.

4. Renacimiento y mito

         Llega el momento histórico para ir comprendiendo con más exactitud la evolución histórica del mito. En el Renacimiento, y como su mismo nombre lo indica, la antigüedad renacida, comienza a perfilarse la teoría mítica que más tarde llegaría a incorporarse a los estudios de la Alta Crítica como recurso exegético para interpretar la Biblia. Este interesante período de la historia de la humanidad se inicia en el siglo XIV y va hasta el siglo XVI. Es un tiempo histórico en el cual se le rinde culto a la antigüedad greco-latina. Se señala por lo común como factor determinante para este cambio de mentalidad al encuentro de Oriente y Occidente mediante el Concilio Ecuménico de Ferrara y Florencia (1438). De igual forma, la llegada de numerosos sabios griegos fugitivos tras la caída de Constantinopla (1463), marcan la pauta para descifrar de manera amplia nuevos rumbos en el conocimiento de la cultura incluyendo la religiosa. No olvidemos que los nuevos comentarios renacentistas sobre Aristóteles también consti­tuyen una nueva reinterpretación que reniega de las exposiciones medievales de Tomás de Aquino y la Alta Escolástica. No hay que creer que está ausente el interés teológico y los estudios crítico-históricos por toda clase de obras incluyendo a la Biblia misma. Ejemplo de lo anterior son las importantes investigaciones de Lorenzo Valla (1407-57), humanista renacentista. Para muchos autores, Valla es el padre de la Crítica Histórica.

         Pero no solo Lorenzo Valla realizó interesantes contribuciones al pro­greso del método histórico-crítico de las Escrituras. Hubo otros humanistas cuyos aportes proporcionaron de igual manera un mejor conocimiento del texto bíblico. El humanista francés Jacques Lefevre d'Etaples realiza en 1523 una notable traducción de la Biblia a su propio idioma. El español Jiménez de Cisneros, capellán personal de la reina Isabel la católica, edita la Políglota Complutense en 1522. Y Reuchlin, erudito alemán, se esforzó por enseñar el hebreo bíblico en su país. Pero sin duda, el humanista más importante de fines del período renacentista es Desiderio Erasmo de Rotterdam (1466-1536). Erasmo fue famoso por sus controversias con Martín Lutero y por ser uno de los más agudos críticos de la iglesia católica dada su virtual decadencia y corrupción.[6]

         Por todo lo anterior, se demuestra que el Renacimiento trajo consigo un fuerte estudio y a la vez una avalancha de críticas sobre las Escritu­ras; aquella producción iba aparejada a los aspectos del concepto filosófico del mito que ya se dibujaba en la relectura renacentista de Aristóteles. Aquí es cuando comienza la duda histórico-crítica sobre la realidad científica del libro del Génesis. En esta época también se empieza a poner en tela de duda las narraciones milagrosas o sobrena­turales de la Biblia.

         Conviene observar igualmente que en este período ya se comienza, al menos en su formulación moderna, la concepción humanista y atea de la divinización del hombre. Empieza a abrirse paso el antropocentrismo teológico. El gran precursor de esta notable idea es Pico della Mirandola (m. 1494), cuyo tratamiento de las Escrituras lo induce a la contemplación de una teología natural universalista. Con esto, el perfil de la teoría mítica liberal va adquiriendo contornos cada vez más precisos.

         En la antigüedad, así como en el Renacimiento, se presta particular atención al contenido de los mitos y su poder expli­cativo. Desde la antigüedad clásica había quedado un problema, el problema de la realidad y la verdad de los mitos. Los renacentistas advierten que los mitos no pueden ser verdaderos en lo que cuentan porque la verdadera historia no tiene nada de mítica. Sin embargo, los mitos sí son verdaderos en un sentido: en que cuentan algo realmente acontecido en la historia. Es decir, que fueron redactados con el fin de hallarle sentido a la historia concreta. De ahí la creencia en mitos. En otras palabras, los mitos fueron considerados como interpre­taciones de los fenómenos históricos, como imágenes o ventanas expre­sivas de la realidad a través del pensamiento religioso y cultural. Esto último es su verdad histórica, pero no que hubieran acontecido realmente en la historia que se puede medir por medio de categorías científicas. De tal suerte, se puede plantear que el mito de Bultman y la saga de Barth (neo-orto­doxia), están emparentados con la concepción mitológica que aparece en el Renacimiento. No es el momento para hablar del mito dentro de la teología contemporánea. Esto lo veremos más adelante.

         De todos modos, al igual que en Barth, Brunner y otros teólogos, existe una curiosa coincidencia entre las ideas de éstos y las ideas de los filósofos griegos respecto al mito: “el mito no es objeto de investigación empírico-descriptiva ni es tampoco manifestación histórica de ningún absoluto o revelación divina específica”. El lector que conoce el programa de la desmitologización del Nuevo Testa­mento a manos de Rodulf Bultmann comprenderá que también el crítico alemán igualmente ha bebido de la fuente de la teoría mítica que proviene desde y antes del Renacimiento. El final del Renacimiento coincide con la Reforma religiosa del siglo XVI, acontecimiento que marcará un nuevo rumbo en las investigaciones histórico-gramaticales y posteriormente críticas de la Biblia. El examen de este período hasta el siglo XX en cuanto a la evolución del mito es el tema de nuestro siguiente capítulo.

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LA INTERPRETACIÓN MÍTICA DESDE LA REFORMA AL SIGLO XX

5.  En la Reforma

Relativo a los reformadores nada fue más importante para ellos que la Autoridad de las Sagradas Escrituras. Pese a que entre ellos existió una mínima diversidad de pareceres en cuanto al libro santo (como en el caso de Lutero) no obstante, nada quita a la excelente contribución que hicieron respecto de lo que ellos denominaron “los Atributos o Perfec­ciones de la Palabra de Dios”.[7] En este sentido sobresalió Juan Calvino (1509-1564) el más agudo y hábil exégeta. Para Calvino, la Biblia es la Palabra Inspirada de Dios, Infalible y Autoritativa para todos los asuntos de esta vida.

         Se ha querido hacer ver por parte de algunos críticos liberales que para Calvino no revistió importancia la doctrina de la Inspiración de la Biblia. Que a los reformadores no les interesó si la Biblia tenía mitos o no; que ellos nada supieron de unos manuscritos originales inerrantes o infalibles. De igual modo, los liberales siguen afirmando que más se hizo en el siglo XIX que en el siglo XVI en cuanto al conocimiento de la Biblia. Sin embargo, esto es cierto a medias; porque lo que el liberal busca es el ensalzamiento del hombre por encima de Dios. A la hora de la verdad, esto no es sino pura fantasía. Es lamentable que se desconozca (¿deliberada­mente?) las fuentes históricas del período de la Reforma.[8]

         Existe una respuesta por demás sencilla del por qué en los escritos de los reformadores no abundan los ensayos a este respecto. Si comprendemos bien la Reforma, observaremos que el blanco de la batalla estuvo centrado en contra del autoritarismo, sacramentalismo, e infa­libilismo de la Iglesia de Roma. La gloriosa bandera de la “justificación por la fe” es ondeada en victoria hasta vencer el duro y esquemático sistema medieval de la salvación por el mérito de las buenas obras. La falsedad del purgatorio y el abuso de las indulgencias recibieron una fuerte respuesta bíblica. Empeñados en estas cues­tiones, los reformadores no tuvieron tiempo para hacer una defensa de la crítica del Pentateuco que ya existía. Hubiera sido necio y falta de puntería haberlo hecho en medio de la diabólica furia del Papa. Además la época no se planteaba las cuestiones críticas que sí surgieron después de la Reforma. El crítico que no entiende esto debe informarse un poco más.[9] 

         Con seguridad que eruditos tan notables como los fueron los refor­madores, comprendían el problema de la “crítica radical” en contra de la Biblia, particularmente del Pentateuco que arranca desde la misma época apostólica. Cómo no les iba a ser familiar los nombres de Porfi­rio (m.232 d.C.), Julián el apóstata (n.331 d.C.), Teodoro de Mopsues­tia (m. 428 d.C.), Anastasio el sinaíta, quien ya presenta discrepan­cias a la paternidad mosaica del Pentateuco a fines del siglo VII.  En el siglo IX sobresale Hiwi al Balkhi, racionalista persa que escribe en contra de la historicidad del Génesis. De otro lado figuran Hazm de Córdoba, España (994-1064) quien afirmaba que la Biblia no era la Palabra de Dios. Abu Ibrahim Isaac Ibn Yashush (952-1057 d.C.) conoci­do como Isaac Ben Jasos, uno de los más antiguos precursores de las hipótesis documentarias, las favoritas de muchos críticos liberales hasta hoy. Viene ahora Ibn Ezra (1092-1167 d. C.), crítico muy seme­jante a Wellhausen. Finalmente tenemos a Andreas Bodestein (conocido como Carlstadt por su lugar de origen) contemporáneo de Lutero (1408-1517), negaba la paternidad literaria mosaica del Pentateuco.[10]    

         No se puede negar que los reformadores edificaron encima de los rescatables adelantos que trajo el Renacimiento. Pero el carácter esencial de su exégesis estuvo basado según Luis Berkhof en dos principios fundamentales: 1) La Escritura es intérprete de si misma; 2) toda exposición y comprensión de la Escritura debe estar en con­formidad con la analogía de la fe o la enseñanza uniforme de la Biblia.[11]     

         Se reconoce por todos que Calvino fue el exégeta de la Reforma, y que asimismo los principios hermenéuticos elaborados por Lutero y Melanchton sirvieron de base a su exégesis. Tampoco se pone en duda que sobrepasó a los dos anteriores en esta materia. El resultado es que con Calvino, la exégesis gana un notable avance en este período ya que se enfatiza la práctica de acuerdo con la teoría. Esto mismo hoy se expresa con los términos “ortodoxia” y “ortopraxis” en perfecta conformidad. Calvino ve en el método alegórico de interpretar las Escrituras un ardid de Satanás por el cual fácilmente se pueden torcer las Escrituras. Bien podemos decir que para los reformadores la interpretación mítica de la Biblia sería otro ardid semejante dado la equivalencia del mito respecto del método alegórico. Además Calvino consideró que “el principal deber de un intérprete es dejarle decir al autor sagrado lo que realmente dice, en vez de atri­buirle lo que nosotros pensamos que debió decir”. En otras palabras, para el reformador las notables eisegesis a las que nos tiene acos­tumbrados la teología liberal son una pésima hermenéutica.       

         La evolución del pensamiento teológico encuentra ahora una época adecuada para el establecimiento de lo que forjó el siglo XVIII y muy especialmente el XIX. En cierto sentido, el empuje mismo de la Reforma a estudiar las Sagradas Escrituras y a buscar el contexto histórico de los autores bíblicos, también llevó a nuevos cuestionamientos en relación a la historicidad de la Biblia. Otros que fueron más lejos llegaron a cuestionar la realidad del mensaje inspirado. De este modo surge un movimiento que se ha denominado “Alta Crítica”. Este movimiento incorpora la teoría del mito como palanca hermenéutica queriendo hacer más claro el mensaje del libro del Génesis al hombre moderno. Pero antes de llegar a este desenlace, es necesario que nos ocupemos de los movimientos históricos precursores que vienen a moldear la moderna y atractiva teoría del mito.

6. La declinación teológica posterior a la Reforma

      Durante los siglos XVII y XVIII vemos una cantidad de corrientes intelectuales, políticas, filosóficas y científicas que se extienden por el continente europeo. Aquellas logran influir fuertemente en la lectura de la Biblia. En gran sentido, el espíritu y la espiritualidad de los padres de la Reforma no descendieron a sus sucesores. Más bien abundaron las intrigas políticas, las contiendas, el sectarismo y la intolerancia. La Reforma en Inglaterra no fue radical como en otros países. Como resultado de ello, la predicación y los postulados de la Reforma no fueron tan fuertes como se esperaba. Salvo la obra de los llamados cinco reformadores ingleses y el martirio de algunos de ellos, junto a la actuación de los puritanos, Inglaterra no fue total­mente la hija mayor de la Iglesia de Roma. El celo de los puritanos fue perseguido inmisericordemente. El efecto que se puede apreciar en todo esto es que Inglaterra no estuvo preparada para hacer frente a la crítica de los filósofos racionalistas y a la terrible ola del deísmo que brotó de sus mismas entrañas.

     En medio de este marasmo y agitación intelectual aparecen Thomas Hobbes (1588-1679) y Benedicto de Spinoza (1632-1677). Históri­camente estos dos filósofos han sido señalados por la erudición evangélica como los verdaderos padres del liberalismo teológico anti­guo y moderno. Esta es la opinión de James Orr, erudito evangélico escocés de principios del siglo XX. En su importante obra English Deism: Its Roots and Fruit (El Deísmo inglés, sus raíces y su fruto), en la página 247 demuestra que después de la Reforma estos dos filósofos fueron los primeros deístas en ingresar al campo del criticismo bíblico. Orr enfatiza que el énfasis de aquellos fue el antisobrenaturalismo. El examen de Hobbes sobre el canon bíblico y su transmisión, el contenido y valor que atribuyó a las Escrituras ejerció notable influencia en el pensamiento de Spinoza.  A su vez, estos llegarían a influir sobre Astruc como veremos luego.

         Para Orr, (cf. pp. 257-258) el fruto del deísmo del siglo XVIII es cosechado en el siglo XX a saber: el liber­alismo teológico o modernismo.[12] En su obra el Leviatán (1651), Hobbes atacó algunas de las tradi­cionales formas de estudio en relación al origen y fechas de varios libros del Antiguo Testa­mento. Por su parte, Spinoza, en su conocida obra Tratado Teológico Político (1670) hace su aporte para la gestación de la teología del mito. En el prefacio de la mencionada obra nos da un ejemplo de su vena liberal. Allí declara:

“¿Nos extrañaremos, entonces,  de que de la antigua religión  (el cristianismo)  no haya quedado mas que el culto externo (con el que el vulgo parece adular a Dios, más  bien que adorarlo) y de que la fe ya no sea más que credulidad y prejuicios?”.[13]

         Esto lo decía amparado en la crítica histórica y literaria de sus días. Por aquel entonces, los librepensadores empezaban a convencerse de que la crítica había demolido la antigua verdad de que la Biblia es la perfecta revelación de Dios. Entorno a esto Spinoza vuelve y dice lo siguiente: 

“Hay que liberar nuestra mente de los prejuicios de los teólogos, y no abrazar  temerariamente las invenciones de los hombres como si fueran doctrinas divinas; debemos abordar el verdadero método de interpretar la Escritura y discutirlo a fondo; puesto que, si lo desconocemos, no podremos saber con certeza qué quiere enseñar la Escritura ni el Espíritu Santo. Dicho en pocas palabras, el método de interpretar la Escritura no es diferente del método de interpretar la naturaleza, sino que concuerdan plenamente con él”.[14]

    Vendría luego el apogeo del deísmo, período histórico que examinamos a continuación.

7. El Deísmo Inglés

         No solo Inglaterra fue invadida por esta terrible ola. De igual manera todo el continente europeo fue afectado; y América no se quedó atrás. La principal característica del deísmo como un sistema de religión natural, consiste en la reafirmación de su fe en Dios pero con menoscabo y rechazo de la revelación escrita de la Biblia. De igual manera niega los milagros, la divinidad de Cristo y su obra expiatoria. Admite la existencia de un Creador pero niega su gobierno providencial sobre el universo. Herederos de esta notable corriente fueron los filósofos David Hume (1711-1776) y Edward Gibbon (1737-1794). Estos gustaban denominarse a sí mismos “librepensadores”. Como tales, extendieron el deísmo como una plaga por toda Inglaterra. Por doquier iban sembrando la descon­fianza en la Biblia. Unas veces diciendo que se trataba de mitología hebrea, otras, que era sólo literatura religiosa común. Bien dicen los historiadores que de no ser por los avivamientos de Wesley y Whitefield entre 1738 y 1790, Inglaterra habría sucumbido ante la revolución y la ruina total. En cambio, en Francia, el deísmo se manifestó con el más pestilente ateísmo que condujo a la nación a una de las más san­grientas de las revoluciones que la historia humana conoce.

La Enciclopedia en Francia

         Con el fin de presentar y demostrar los orígenes de la teoría mitológica viene al caso comprender la obra de la Enciclopedia Fran­cesa (1751-1772). Esta fue publicada con fines antiteístas y antiso­brenaturalistas. Enseñaba el escepticismo en contra de la revelación de Dios. Muchos de sus autores fueron notables deístas. En Francia por ejemplo, sobresalieron Voltaire (1694-1788) y Rousseau (1712-1778). Hábiles pensadores que colocaron la estampa de sus razonamientos en esta magna obra. Con buenas estrategias literarias, los enciclopedis­tas hicieron creer al vulgo que los relatos bíblicos no eran sino mitos, alegorías y leyendas que de ningún modo tenían que ver con la historia. Para estos historiadores “científicos” al igual que para los teólogos liberales de hoy, un Dios que crea el mundo a partir de la nada y una primera pareja que se rebela en contra de un Dios personal es comple­tamente inconcebible. El liberalismo que se desarrolló como tal a partir del siglo XIX se fundamentó lo suficiente estudiando los artículos ateos de la Enciclopedia. Como tal, la obra de aquellos librepensadores se convierte así en un tipo de precursor de los teólogos que en el siglo XX hicieron historia hablando de los “mitos” bíblicos.

8. La herencia del deísmo en Jean Astruc, padre del mito en la teología liberal

         Este es el momento para descubrir que en Francia el deísmo produce quizá a su más notable figura en relación a la crítica bíblica: Jean Astruc (1684-1776). Son varios los historiadores de las doctrinas que consideran a este librepensador como el padre del concepto del mito dentro de la crítica racionalista de la Biblia. Astruc fue un médico francés, profe­sante del catolicismo romano y de vida libertina. H. S. Miller nos dice que Astruc fue un hombre inmoral que deseó estudiar la Biblia pero sólo con el fin de tratar de encontrar en el sagrado libro defectos e imperfecciones.[15] Su afición por la crítica destructiva lo condujo a ver en la Biblia numerosas contradicciones y desórdenes negando prácticamente la divina Inspiración de las Escrituras. Realmente, con Astruc, también se inicia la conocida Teoría de las Fuentes. Según Astruc, el hecho de que Moisés hubiese utilizado los nombres de Elohim y Jehová en los tres primeros capítulos del Génesis, opinó poder distinguir tres fuentes a través de todo el libro. Sus formulaciones dieron posterior origen a la conocida divisa JEDP, ampliada y popularizada por los alemanes Graf y Wellhausen en el siglo pasado.

         Desde Astruc, propiamente arranca la idea de que el contenido de los tres primeros capítulos del libro del Génesis únicamente puede ser entendido en términos del mito. Esto, equivocadamente condujo a muchos a decir que el primer libro de la Biblia pertenece a una época pre-científica y ahistórica, y que su contenido no puede ser aceptado como genuina y sobria historia. Junto con De Wette (1780-1849), otro de los integrantes del racionalismo teológico alemán, la teoría mítica se fue perfilando hasta dibujarse por completo en las diferentes figuras que hoy conocemos dentro de la teología contemporánea. En opinión de aquellos, Génesis 1-3 es una mera tradición leyendesca y folklórica. En otros términos, lo que la Iglesia en un pasado consideró que Génesis era historia, según Astruc y De Wette, en los siglos XVII y XVIII se llega a saber que lo que realmente ocurrió fue que la iglesia supuso que habían ocurrido históricamente.

9. La Aufklärung (Ilustración) o Siglo de las Luces en Alemania

         El término alemán “Aufklärung” es designado por los historiadores como el período del estudio de la “filosofía de las luces” en Alema­nia. Este va desde los años de 1690 a 1780. Cito este período de la historia de la filosofía alemana con el fin de demostrar la tremenda influencia que tuvo en los posteriores teólogos críticos racionalis­tas de la Biblia. La Aufklärung es la misma larga raíz que viene del pasado. También está emparentada con el deísmo inglés. Cuando los filósofos de esta época estudian la Biblia dicen que tiene mitos. Este movimiento viene a nutrir el sistema e introduce a los teólogos alemanes en la teoría del mito. La exégesis o interpretación bíblica humanista de los alemanes ocuparía el liderazgo dentro de la teología mítica hasta llegar a influir en todo el mundo teológico.

El análisis de René Marlé

         Los teólogos, pastores y laicos liberales que creen que la Biblia contiene mitos no son innovadores. Más bien son gente que se incorpora a la ya vieja tradición. El teólogo católico francés René Marlé[16] habla de los dos alumnos de R. Bultmann, Hartlich y Sachs que se consagraron a una obra acerca del origen del concepto del mito en la ciencia bíblica moderna. Ellos se dedicaron a establecer cuáles son las primeras etapas de aquella tradición. Para asombro de los investigadores, descubren que la categoría del mito se remonta al movimien­to del Aufklärung. Este movimiento pretendió quebrantar definitiva­mente el dogma de la Inspiración Verbal de la Biblia sometiéndola a una crítica devastadora. Creyendo encontrar numerosos errores en la Biblia, los autores se vieron obligados a apelar a diferentes hipótesis. Basándose en la investigación de aquellos, Marlé dice que para S. Reimarus (1694-1768) la Biblia era una mentira. Para J. S. Semler, era la preocupación por adaptarse al espíritu de los oyentes. Los teólogos de esta época creyeron que así como en Grecia los relatos maravillosos eran las acciones de los dioses en el mundo, del mismo modo la Biblia contiene leyendas paralelas. Según éstos teólogos, los hebreos de igual manera usaron la idea general del mito.

         Marlé nos hace ver que entre 1763 y 1807, C. G. Heyne (1729-1812) publicó una importante serie de trabajos en relación al mito y su desarrollo dentro del espíritu humano. Sus ideas no demoraron en ser aplicadas al terreno bíblico. Esto fue hecho por un brillante alumno del mismo Heyne, J. G. Eichhorn (1752-1827), y a su vez por J. Ph. Gabler (1753-1826). Marlé aclara que es a partir de la obra Historia Primitiva de Eichhorn como ya en Alemania se habla de una verdadera “escuela del mito” y los comienzos de la utilización sistemática de este término dentro de las ciencias bíblicas. Los nombres más importantes dentro de esta escuela son los de Corrodi, Hezel y sobre todo G. L. Bauer (1755-1806). Este último escribió dos obras: “Proyecto de Hermenéutica del Antiguo y Nuevo Testamento” (1799) y “Mitología Hebraica del Antiguo y del Nuevo Testamento” (1802). El análisis de Marlé es profundamente ilustrativo en referen­cia a estas dos obras. “En la primera obra -dice- Bauer se esfuerza ya, a partir de los trabajos de la escuela del mito, en elaborar una verdadera teoría de la hermenéutica; en la segunda inten­ta establecer la lista y formular un estudio sistemático de todos los mitos contenidos en la Biblia”.

         En opinión de este autor, esta escuela se dedica a la interpretación de los textos bíblicos, sobre todo en el Génesis y los pasajes más anti­guos. Luego se creyeron autorizados para aplicar el mismo tratamiento al Nuevo Testamento. Desde Eichhorn, denominaron mito a la historia de la tentación de Jesús, la aparición de Moisés y Elías en el monte de la transfiguración. De igual manera, las apariciones de los ángeles y el derramamiento del Espíritu Santo en el Pentecostés (cf. Hch. 1). Inspirado en estas obras D. F. Strauss publica “Vida de Jesús”. Toda su obra fue enfocada bajo la interpretación mítica. Acerca de este autor hablaremos luego. En opinión de Gabler, los exégetas de la escuela del mito (llevados de la mano de Christian Wolff, Samuel Reimarus, G. E. Lessing) filósofos de la ilustración alemana, poseían esta idea:

“Era necesario o bien rechazar todo como fábulas, o bien aceptar el punto de vista del mito... viendo con excesiva claridad que aferrarse durante más tiempo a la letra de la Biblia equivaldría a hacerse a si mismo objeto de irrisión y hacer objeto de burla a la Biblia”.[17]

         W. De Wette (1780-1848) se propone buscar el significado positi­vo del mito. Los liberales de signo católico y protestante deben a De Wette la definición de que “el mito es la categoría esencial en la que se expresa necesariamente toda la vida religiosa”. O, como otros definen, “es un género literario que representa o simboliza las realidades históricas que vive el hombre religioso”. Estas ideas estarían destinadas a alcanzar éxito en el mundo de las ciencias bíblicas. De ahí que, todavía hoy, encontremos profesores, pastores, sacerdotes, teólogos que todavía preconizan el sistema mítico aplicado a la Biblia.

10. El impulso de D. F. Strauss (1808-1874) a la teoría del mito y su influencia en el liberalismo teológico

       Strauss, filósofo-teólogo liberal de Alemania es otro eslabón en la cadena de la teoría del mito. A su modo, también quiso dar una explicación de la longitud sobrenatural de la Biblia. No obstante, de igual forma es seducido por la tradición mítica. Este, tampoco realiza una investigación imparcial. En casi todos los esfuerzos de los filósofos por comprender la revelación divina se observa un notable desconocimiento de los propios métodos teológicos para interpretar las Escrituras. La hermenéutica filosófica ha resultado irrelevante hasta el día de hoy. La razón de tal inconsecuencia se debe al hecho de que siempre ha querido mantener la razón por encima de la revelación. A esto, el apóstol claramente dice: “... llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo...” (2 Co. 10:5b).

         En cada época, el método hermenéutico de la filosofía se fue equivocando cuando trató de examinar la parte sobrenatural de la Biblia. Recordemos el caso de Hume, Kant y otros. Su problema básico es que “siempre quisieron hacer en el agua lo que sólo se puede hacer en el aire”, y viceversa. Y este extraño manto del método hermenéutico-filosófico es el que recae en los hombros de la teología liberal. Desde Schleiermacher, considerado como el padre de la teología moderna, teólogos y pastores neo-evangélicos desatienden el hecho de que la teología posee su propio método. En relación con esto, el teólogo bautista Bernard Ramm está en lo cierto cuando dice:

“La teología ha de surgir de un conocimiento de Dios, ser gobernada por ese conocimiento, y poder referirse de nuevo a él. La regla de oro de la ciencia es que el objeto que se investiga ha de determinar el modo de la investigación”.[18]

         Strauss va en pos de la crítica racionalista de la Biblia hasta sacar las consecuencias que ya sabemos. Este pensador siempre dependió de la interpretación de Hegel, quien habló de la Biblia como una gran metáfora. De este modo, el Pentateuco y el Nuevo Testamento se convierten en una gran alegoría y la religión se convierte en filosofía. Así que Strauss fue un genio con la teoría del mito en sus manos.

         Strauss fue uno de los discípulos preferidos de F. C. Baur el fundador de la Escuela de Tubinga. Maestro y alumno sostuvieron que los evangelios y la vida de Cristo eran alegorizaciones mitológicas, exageraciones que se hicieron sobre el hombre Jesús de Nazareth. La opinión de Strauss sobre la Vida de Jesús como historia mitológica es muy conocida. Esta misma opinión, de igual manera, fue trasladada y aplicada al Antiguo Testamento, especialmente a los primeros tres capítulos del libro del Génesis. Referente a la existencia histórica de Adán y Eva retuvo la precedente opinión de sus antecesores Astruc, Paulus, De Wette y Eichhorn. De acuerdo a A. H. Strong[19] para Strauss, el sobrenaturalismo bíblico son narraciones mitológicas en las cuales las ideas son inconscientemente vestidas. Consideró que los mitos tenían un elemento deliberado e intencional pero libre de todo engaño.

11. La definición del término “mito” en la Teología Liberal Contemporánea

         No todos los autores liberales o modernistas al término “mito” le dan un mismo significado. En la mente de los liberales su connotación lingüística es muy caprichosa. Emilio Brunner (1889-1966) y Reinhold Niebuhr (1873-1971) por ejemplo, creen darle un sentido bueno al mito. Para estos autores el mito y no el antropomorfismo, es el vehículo a través del cual Dios comunica su manifestación al hombre de fe. Sosti­enen que el mito bíblico no debe ser confundido con el mito pagano porque los mitos de Dios son de una clase más elevada. En el análisis final, lo que estos autores dicen es que “el mito es la manera balbu­ciante de expresar la verdad divina”.   

         Por su parte, Rodulf Bultmann (1884-1976), famoso crítico histórico alemán, atribuye al mito un significado bastante peculiar. Para este autor, los mitos bíblicos han sido tomados de la mitología popular pagana. Este crítico opina que la cosmología hebrea del Génesis y el kerygma (proclamación) del Nuevo Testamento, son recursos literarios que los autores sagrados tomaron prestados de las mitologías de los pueblos circunvecinos y culturas dominantes. Su idea es claramente desarrollada en su obra Teología del Nuevo Testamento. Bultman sostiene por ejemplo que “el desarrollo de la doctrina de la redención estuvo bajo influencia gnóstica”.[20] Los mitos típicos de Grecia y las fábulas de la imaginería apocalíptica judía dieron origen al mundo de la predicación de Jesús, sostiene este conocido autor.

       Una postura diferente pero que en el fondo resulta igual es la del famoso teólogo Karl Barth (1886-1968). Es curioso que Barth rechace el mito según lo describieron los autores arriba mencionados. El considera que el mito en aquel sentido es malo e inaceptable para la teología cristiana. Barth prefiere llamar a los mitos “sagas” (del alemán sage = leyenda). Ejemplo de lo anterior es el comentario que hace en su Dogmática de la Iglesia en relación a la doctrina de la creación ex nihilo (de la nada) escribe:

“La doctrina de la creación es un artículo de fe. Por sí mismo (el relato del Génesis), no es evidente que este mundo tuvo su origen en Dios; pero por otra parte, este mundo tampoco tiene sentido aparte de Dios... No podemos describir la creación de acuerdo a nuestra condición de criaturas, ni de una historia que se desarrolla. Para esto, nosotros debemos recurrir a la saga o a la poesía, no al mito”.[21]

         Hay dos autores herederos del notable e influyente concepto del mito. Ellos sintetizan bien lo que podría ser el pensamiento de un neo-evangélico que se considera liberal en teología. En primer lugar, Alan Richardson, inglés y erudito liberal anglicano y respecto al primer hombre Adán escribe:

“El mito tiene el significado de una narración cuasi-real (casi real), en lo cual, a pesar de su forma, tiene la intención de decirnos alguna verdad a nuestras propias vidas en el presente; pero no nos puede dar alguna información acerca de eventos externos, pasados o futuros”.[22]

         En segundo lugar, examinemos la opinión de Otto A. Piper:

“El mito es una historia, en la cual, en el mundo espiritual los eventos son narrados en términos de aconte­cimientos terrenales; en otras palabras, significan que los eventos terrenos son presentados en relación a sus raíces espirituales”.[23]

         De acuerdo al liberalismo antiguo y contemporáneo, los “mitos” bíblicos nada nos dicen de lo que aconteció en el mundo físico. Sin embargo, tienen la ventaja de que nos permiten especular acerca de nuestra historia con el propósito de determinar lingüísticamente lo que el sentimiento religioso primitivo quiso decir realmente. El genio liberal aplica este concepto a las doctrinas de la creación y la caída del hombre en el pecado. Ahora bien, ¿cómo entienden los liberales por ejemplo, la caída de la primera pareja humana en el pecado? Desde los días de Ritschl, en esencia, la respuesta no ha cambiado pese a que han existido diversas formulaciones. En líneas generales, el signifi­cado del “mito” bíblico respecto a Adán y el pecado original, consiste no en que real e históricamente existió un primer hombre moralmente perfecto que se reveló contra su Creador. Simplemente lo que nos quiere decir es que nosotros mismos somos criaturas de Dios y que somos pecadores. Así, en palabras de Bultmann, “Al quitar la envoltura mítica aparece el fruto de la verdad”. Por consiguiente, “Adán es todo hombre y todo hombre es Adán”. Lo anterior está basado en la suposición de que los mitos pertenecen a lo que Otto A. Piper denomina “reino espiritual” y Karl Barth suprahistoria (historia especial). El lector puede ir advirtiendo lo que implica esta teoría interpretativa para la fe bíblica si realmente los eventos del Génesis no ocurrieron dentro del escenario terrenal de la presente historia humana. De esto habla­remos más adelante.

 3

¿CÓMO SURGEN LOS “MITOS” BÍBLICOS? 

LA OPINIÓN LIBERAL

1. ¿Origen de los “mitos” bíblicos?

La teología liberal nos dice que los orígenes de los “mitos” bíblicos están relacionados con la experiencia real o el momento histórico religioso de quien los narra. Estas narraciones pueden llegar a ser magnificadas hasta convertirse en un episodio donde se acentúa lo maravilloso. La escuela liberal afirma que en el momento en que aparecen los milagros dentro de los relatos bíblicos, se trata de o son actos de piedad (devoción) cuyo componente básico es la exageración. Se afirma que quien compuso los relatos bíblicos del Génesis capítulos 1 al 11, se basó en la gran masa de materiales míticos literarios más antiguos. Dichos materiales, por decirlo así, flotaban en el ambiente de la riqueza cultural de los pueblos más antiguos tales como Sumeria, Acadia, Asiria, Egipto, Babilonia, etc.

         Un ejemplo notable de lo anterior es el análisis que hace el teólogo brasileño Carlos Mesters en su obra Paraíso Terrestre, ¿nostalgia o esperanza?[24] En esta obra Mesters sigue la mejor tradición liberal. Este autor pretende hacer creer a sus lectores que el redactor de los tres primeros capítulos del Génesis por lo menos, ideó este relato con un fin: “animar y dar esperanza a los israelitas que sufrían bajo la opresión de Faraón”. Su opinión lo lleva a decir que el propósito o ángulo de visión de Génesis es comunicar a los lectores el ideal del paraíso. El paraíso hay que construirlo a partir de la liberación del yugo de Faraón. Su tesis básica declara: “El objetivo de la Biblia no es tanto, ni en primer lugar, el de informar sobre lo que sucedió, sino lo que está sucediendo en la vida de los lectores”.[25] Lo que Mesters quiere decir en síntesis es que, quien escribió el relato del paraíso lo hizo basado en un ideal: ver la opresión egipcia de aquel tiempo, convertida en un paraíso. Sobre este autor volveremos más adelante.

2. Las etiologías

         Un ejemplo que guarda relación con lo anterior es lo que los liberales denominan “etiologías” (del griego, aitía = causa y logos = palabra). Particularmente esto es utilizado por los llamados altos críticos. Éstos creen que no se debe leer el Pentateuco sin las hipótesis documentarias. Se dice igualmente que muchos de los pasajes bíblicos donde se narran acontecimientos milagrosos se formaron como consecuencia de las etiologías. Una explicación de lo anterior conduce a pensar a estos intérpretes que los pueblos nómadas y seminómadas elaboraron historias alrededor de algunos curiosos fenómenos del paisaje. Por ejemplo, “unas ruinas, una cueva, una laguna, una formación montañosa rara”, etc. Un ejemplo de lo anterior sería la formación del Salto del Tequendama (Bogotá, Colombia), de la cual nos habla la literatura indígena precolombina. Cuando el dios Bochica quiso que la sabana de Bogotá no fuera una inmensa laguna, la golpeó con su bastón y de esta manera se formó el salto. Para los críticos liberales, gran parte de los relatos bíblicos del pueblo de Israel fueron producidos del mismo modo. O sea, descripciones en forma de narraciones míticas. Una curiosa teoría liberal afirma lo siguiente: “Cuando los pas­tores en Israel carecían de mapas y de otras indicaciones para mantener a sus rebaños de ovejas dentro de ciertos límites, se guiaban por los fenómenos naturales que encontraban a su paso”. Tomemos un ejemplo: El relato de la mujer de Lot que quedó convertida en estatua de sal (Gén. 19:26). Se cree que surge en la mente del narrador al observar las formaciones salinas que presentan figuras extrañas muy parecidas a hombres y animales. Se opina que esto ocurre con frecuen­cia entre los beduinos y moradores de la costa sur del Mar Muerto. La idea es que el narrador elaboró una “historia” (leyenda), un vehículo literario sobre dicha roca de sal en forma de mujer. Con el paso del tiempo, llegó a alcanzar la forma de tradición de leyenda tal como leemos en Génesis 19:26. Y ¡todavía hay gente que cree así!

         Otra extraña etiología o interpretación liberal de los relatos bíblicos milagrosos es el caso de la toma de las ciudades de Jericó y de Hai (Jos. caps.6 y 8). Existían en las montañas montones de ruinas las cuales, antes fueron ciudades. La narración del libro de Josué –dicen– es un revestimiento folklórico que exalta etiológicamente al héroe de estas jornadas. El intérprete liberal considera que no puede ser cierto que “los muros de Jericó” cayeron como consecuencia de los gritos del ejército de Josué según las instrucciones que Dios mismo había ordenado. Se afirma que mientras no se demuestre lo contrario no se les debe considerar como acontecimientos realmente históricos.[26]

         Entre los eruditos liberales existe la común opinión de que los mitos bíblicos surgieron en el pueblo de Israel en momentos especiales. O sea, en instantes en que el pueblo experimentaba profun­das realidades históricas (p. ej., el Éxodo, la conquista de Canaán, la Monarquía hebrea, etc.). Estos acontecimientos fueron luego pinta­dos con palabras míticas del folklore popular hasta adquirir las formas literarias que hoy tiene la Biblia.  Se dice que en los mismos orígenes, los “mitos” bíblicos poseen su propio e inconsciente proceso de exageración: por ejemplo, los milagros o acciones que rompen las leyes físicas naturales.

3. Narrativa bíblica y mitos paganos

         Los defensores de esta teoría tienen una suposición muy particular.  Dan por cierto que las narraciones sobrehumanas de la Biblia son mitos cuyo origen definitivamente se nutrió de las leyendas de las culturas paganas. Un ejemplo es la opinión del erudito católico liberal G. Auzou. Este autor sostiene lo siguiente:

“Las concepciones de Israel sobre los orígenes del mundo están emparentadas de manera innegable con las representa­ciones cosmogónicas del antiguo oriente próximo. Han hereda­do, a su manera y en su justa medida, el fondo legendario, o mejor dicho los mitos que pululaban, las ideas, la imaginación y la vida de los antiguos orientales”.[27]

         Hay otra opinión bien marcada entre los críticos liberales. Estiman que los relatos bíblicos que ellos consideran mitológicos salieron a la luz pública del mismo modo como surgió el mito o leyenda de la fundación de Roma. Según este mito (siglo VIII a. C.), Rómulo y Remo, hermanos gemelos, fueron hijos de Rea Silvia y el dios Marte. Recién nacidos fueron puestos por su tío Amulio a orillas del río Tiber. Una loba los amamantó y más tarde fueron recogidos por el pastor Faustulo y su esposa Aca Larentia. Luego de una buena educación, con posteridad se dedicaron al bandolerismo. Los dos hermanos decidieron fundar una ciudad, la futura Roma. Pero los hermanos discutieron por el lugar del emplazamiento y Rómulo mató a Remo. La ciudad se levantó en el pomerium palatino, y Rómulo quedó como el único soberano.

         Sabemos que esto no es una historia verdadera porque la fundación de Roma según registros históricos fue muy diferente. No obstante, los críticos estiman que la narración es un mito que de forma alegórica o hiperbólica trata de explicar una realidad histórica. La hermenéutica nos habla del significado de la figura literaria conocida como la hipérbole. Hipérbole significa etimológicamente “una exageración”. Un diccionario la define como “una afirmación exagerada con fantasía, como para darle efecto”. De esta manera, aseguran, así surgieron muchas de las narraciones bíblicas. Especialmente las de carácter prodigioso.  El concepto mítico supone que en la construcción de los relatos bíblicos existe superstición e inclinación a creer en lo sobrehumano y maravilloso. Pero, ¿es esto cierto? Veamos.

4. La teoría mítica no toma en cuenta la revelación especial de Dios en la historia

         Con miras a captar la perspectiva bíblica del anterior contexto, es indispensable comprender la relación entre la Palabra de Dios y el acontecimiento histórico que existía en la mente de los hebreos. Cuando la teología liberal denomina “mito” a los primeros once capítulos del Génesis está desechando la doctrina de la inspiración plenaria y verbal de las Escrituras. Como ha señalado Bernard Ramm: “La misma Palabra de Dios es un acontecimiento”. A los liberales se les olvida que la Palabra de Dios es la que crea la historia y no la “audacia mítica-literaria” de los hebreos. No se nos puede olvidar que la Palabra creadora empieza en Génesis 1:1 y termina con la Palabra encarnada, Cristo Jesús (Jn. 1:1; Heb. 1:1-2).

         Es falso que las narraciones del Génesis donde aparecen los mila­gros sean sólo géneros literarios donde se utiliza primordialmente la hipérbole. Se ha catalogado el relato de la creación como poesía o parábola. Pero quien esto enseña, es más deshonesto que aquel que niega rotundamente la historicidad de este pasaje. No obstante, un análisis lingüístico del mismo texto revelado nos conduce a una demostración: para la mente hebrea, el estudio de la Ley o Pentateuco es historia real; son acontecimientos que tienen que ver con nuestro calendario. Durante la misma época de Moisés estos relatos ya son considerados historia por una razón muy especial: “son las actuaciones de Yahvé”. Es decir, que para los hebreos la historia está compuesto de las acciones de Dios, pero al mismo tiempo por sus palabras; las dos son una misma cosa. Aquí podemos estar de acuerdo con el neo-ortodoxo Karl Barth cuando correctamente dijo que “La Palabra de Dios, en su sentido más elevado hace historia”.

         La pretensión liberal de que en Génesis no hay acontecimientos históricos sino sólo etiologías, leyendas, fábulas, sagas y mitos, es del todo descabellada. La razón básica para negar lo anterior consiste en el evidente hecho de que para la tradición hebrea “sin el aconteci­miento no hay un contacto histórico efectivo entre Dios y el hombre” (Bernard Ramm). Esto significa que cuando Dios se revela al hombre lo hace a manera de acontecimiento histórico dentro de las categorías de tiempo y espacio.

         Hemos visto en los anteriores capítulos la evolución de la teoría mítica en cuanto a sus orígenes y su incorporación a la teología liberal. Descubrimos que sus raíces penetran el subsuelo de la filosofía racionalista de todos los tiempos. Acto seguido, en la escena aparecen las geniales ideas del filósofo alemán Emanuel Kant. Su filosofía de una “historia especial” que denominó “Noúmeno”, llegaría a ser el nutriente básico del llamado método histórico-crítico según la formulación liberal. A partir de la crítica de Kant contra todo el sistema teísta, en adelante, los teólogos racionalis­tas dicen: “Todo lo que no cuadra con la experiencia consciente y con el método científico no puede ser historia verdadera”. Para una comprensión inteligente de la teoría mítica es preciso que examinemos el contenido del método histórico-crítico. Este es el tema de nuestra segunda parte.

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EL MÉTODO HISTÓRICO-CRÍTICO LIBERAL Y EL MITO

Con el fin de hacer claro el manejo que hacen algunos con la interpretación mítica, es necesario que estudiemos ciertos aspectos de lo que se conoce como Método Histórico-Crítico o crítica bíblica radical. Todo aquel que se define liberal en teología por lo general emplea estos criterios en contra de la interpretación bíblica del antiguo cristianismo.

1. Crítica literaria (Alta Crítica)

         Como crítica literaria el método crítico-histórico tiene el propósito de determinar la época, fecha, paternidad literaria, composición, fuentes, naturaleza y valor histórico de los documentos. El mencionado estudio es hecho a partir de lo que se denomina la evidencia externa. Tal examen es realizado por un estudio directo de los mismos documentos. Para tal fin, se vale de las ciencias de la historia, la geografía, la etnología y la arqueología. Propiamente, el método trata con el contenido de la Biblia. Así por ejemplo, se interesa en cuestiones como la canonicidad, genuinidad, autenticidad y credibili­dad de los libros de la Biblia.

2. La Crítica Textual o Baja Crítica

    A diferencia de la alta crítica, la crítica textual busca determi­nar cuál es el más exacto y correcto texto de la Biblia tal como pudo existir en los documentos originales. Trata de establecer cuán libre de errores, corrupciones o variaciones ha podido permanecer durante el largo proceso de las copias de los manuscritos y recopiado de los mismos. O sea que, la crítica textual trata con el texto de las Escri­turas. En general, tanto la alta como la baja crítica pertenecen en su conjunto a lo que se conoce como Crítica Bíblica. Es otro nombre para el método histórico-crítico.

3. ¿Cuál es el problema?

         Es importante que el lector entienda que tanto la Alta como la Baja Crítica son valiosas y legítimas en sí mismas. Son necesarias herramientas del estudio bíblico. Juntas son utilizadas por eruditos conservadores y liberales. El problema se presenta cuando el teólogo, profesor o pastor, envuelve dicho método en presuposiciones naturalis­tas, racionalistas o antisobrenaturalistas. Por lo general, los liberales parten de la convicción de que en la Biblia no existe el campo sobrenatural. A través de esto desechan por ejemplo la inspiración plenaria y verbal de la Biblia. Un paso más allá los conduce a creer que no existe tal cosa como la intervención milagrosa de Dios, como ser trascendente en la historia de los hom­bres. Por lo general, quien sigue presuposiciones antisobrenaturalis­tas está atado al concepto científico mecanicista y materialista. Estos dos últimos términos quieren decir algo muy peculiar: que el universo es como una gran máquina cósmica en cuyos piñones se encuen­tran las rígidas leyes físicas que de manera inmisericorde aprisiona la historia de los hombres. En el fondo, la idea es que todo depende del azar o la casualidad, pero no de una Mente Omnipo­tente que creó y controla cada detalle de aquella gran máquina.

         De ahí que se diga que todos aquellos pasajes bíblicos que desafían el curso ordinario de la naturaleza y sus leyes físicas son mitos (cf. Gén. 1:27; 2:21:22; Ex. caps. 7-11; Jos. 6:20; 2 Re. 4:1-7; 5:14; 6:6; y todos los milagros de Cristo en el NT.). Si en algún momento el liberal habla de Dios, dirá que toda intervención divina debe ser interpretada bajo parámetros naturales. De esta manera, con justa razón, un cristiano conservador fiel a las Escrituras debe continuar refiriéndose al método crítico-histórico liberal como “alta crítica destructiva de la Fe bíblica”.

4. Inevitable

         Los liberales declaran que las presuposiciones en que se basa la fe cristiana conservadora o reformada son insostenibles. Por ejemplo, la revelación, la inspiración, la creación, el pecado original, etc. Sin embargo, los liberales de igual manera hacen lo mismo porque también presuponen lo contrario a la fe cristiana. Desde todo punto de vista se debe reconocer que las presuposiciones son inevitables. En este punto me uno a Biedermann, famoso teólogo alemán el cual dice: “No es verdad, sino arena en los ojos afirmar que una crítica genuinamente científica e histórica puede y debe proceder sin presuposiciones dogmáticas”.[28] De lado y lado se debe reconocer que nadie puede vivir sin presuposiciones; pero también es cierto que si la presuposición tuerce o distorsiona la realidad, o si es sostenida sólo para apoyar una conclusión caprichosa o preconcebida, entonces, ésta es falsa.

         Tocante a lo anterior, el teólogo inglés John Whitelaw declara:

“En tanto que los altos críticos crean en Dios, no tienen derecho alguno a postular su no interferencia con la línea ordinaria de causación ni a dar por sentado de antemano que los milagros no ocurren o que la predicción en el sentido de predecir futuros acontecimientos, sea imposible”.[29]

5. El antisobrenaturalismo, presuposición del método crítico histórico radical            

         Josh McDowell define el antisobrenaturalismo como “la incredulidad bien en la existencia de Dios o bien en Su intervención en el orden natural del universo”.[30] De igual forma, sostiene que en el Penta­teuco hay más de 235 veces donde se dice que o bien Dios “habló” a Moisés, o que Dios “mandó” a Moisés a que hiciera algo.[31] Es evi­dente que esto no lo puede aceptar la mente liberal que está acostum­brada a pensar en términos antisobrenaturalistas. De igual modo, rechazará como ahistóricos los pasajes donde se mencionan los milagros antes de comenzar su investigación. Un ejemplo de esto es reseñado por A. J. Carlson quien define lo sobrenatural como “información, teorías, creencias y prácticas que presentan orígenes distintos de la experien­cia y pensamiento comprobables, o acontecimientos contrarios a los procesos que conocemos en la naturaleza”.[32]

         Lo anterior es un reflejo del fruto de la filosofía de Kant dentro de la teología. En su conocida obra “La Religión dentro de los Límites de la mera Razón” el gran filósofo expresó sus convicciones antiso­brenaturalistas que han llegado a moldear a la teología del liberalis­mo. Haré una ampliación de esto en el siguiente capítulo. Por ahora, bástenos la opinión de Cornelius Van Til, quien de forma correcta y profunda nos hace ver lo que existe realmente en la psique de los que malversan el método histórico-crítico en relación con las Sagradas Escrituras:

“Cada una de las formas de argumentos intelectuales se basa, en último análisis, sobre cualesquiera de estas dos presu­posiciones básicas: el proceso de razonamiento no cristiano se basa sobre la presuposición de que el hombre es el punto de referencia final o definitivo en las afirmaciones acerca de los humanos. El proceso de razonamiento cristiano se basa sobre la presuposición de que Dios, hablando a través de Cristo por su Espíritu en la Palabra infalible, es el punto de referencia final o definitivo en las afirmaciones acerca de los humanos”.[33]

6. ¿Hay que creer lo que está en la Biblia?

         La moderna aplicación del método histórico-crítico a la Biblia ha conducido a los teólogos liberales a romper con la exégesis o interpretación histórica del cristianismo. Suponen que en esta Era de adelantos científicos es una torpeza, un atraso tratar de “demos­trar” con textos bíblicos doctrinas como la creación, el infierno, la segunda venida de Cristo, etc. El método establece que quien hoy día lee la Biblia lo debe hacer no con el fin de encontrar respuestas (verdades fijas) con relación a Dios y el mundo. Este método ofrece más bien un moderno punto de partida: los problemas de nuestro tiempo, el quehacer histórico, etc. Lo anterior significa que la Biblia, como revelación y Palabra Infalible de Dios ya no deben ser la norma por la cual debemos comprender los problemas de esta vida. No es la norma sobre la cual debemos apoyarnos para razonar.

         Para el teólogo liberal hay muchas cuestiones en las cuales la Biblia nada tiene que decir. Se afirma que existe un problema de interpretación que conduce al exégeta a rechazar o aceptar lo que es y lo que no es Palabra de Dios. En otro sentido, lo que se debe creer y no se debe creer, y por qué.

7. Lectura científica y lectura hermenéutica de la Biblia

         La teología liberal declara que existen dos niveles o planos diferentes de leer la Biblia. El primero se conoce como lectura científica; el segundo, lectura hermenéutica. Por la primera se significa que el lector retrocede hasta el inmediato pasado. En otras palabras, al momento histórico cuando el autor escribió. Se trata de buscar y comprender con esto lo que el autor realmente quiso decir a sus contemporáneos. Los evangélicos no podemos menos sino estar plenamente de acuerdo con el planteamiento anterior. La razón es que esto mismo es lo que siempre ha creído el protestantismo conservador, sólo que lo denomina método histórico-gramatical de interpretar las Escrituras. Este no es el problema. El problema surge con el segundo nivel o plano de leer la Biblia. Cuando el exégeta liberal lee la Biblia da un salto al pasado; pero al regresar al presente elabora lo que denomina “lectura hermenéutica interpretativa o crítica”. Pero, es justamente aquí que el círculo hermenéutico liberal se vuelve inaceptable, porque al regresar, apela a la premisa de que nada de lo milagroso o sobrenatural puede ser cierto.

         En este particular el lector o intérprete liberal se pregunta si la creación de Adán y Eva tuvo lugar tal como el Génesis lo describe. Para tal fin da un paso más y se pregunta: ¿Hay que creer esto literalmente tal como lo dice la Biblia? Veamos que pasa si se sigue la manera liberal de enfocar el método crítico-histórico. Por ejemplo, con relación a los seis días de la creación se llega a dos formas de interpretar éste y otros pasajes de índole sobrenatural: los días de la creación serían seis eras geológicas o seis visiones consecutivas como es el caso del Apocalipsis. De ninguna manera se acepta que el relato genesiaco es histórico y que sus días puedan ser considerados literales en algún sentido.

         Retomando el contexto, algunos teólogos consideran que a partir del cuarto día, bien pudieron ser de 24 horas (L. Berkhof). Pero a diferencia de la interpretación liberal, nos damos cuenta que el escritor sagrado nos encierra en una interpretación histórica literal cuando describe “la tarde y la mañana” como las partes naturales del día. Para los liberales, el punto en cuestión no es: ¿Es una verdad histórica? Sino, existencialmente ¿qué significa? Como razón de tales explicaciones los intérpretes modernistas aducen esto: “Ya que las ciencias naturales han dado carta de ciudadanía a la teoría de la evolución no hay por qué literalizar los tres primeros capítulos del Génesis”. Leído el relato desde esta perspectiva, creen poner en claro que la fe en la creación del universo no consiste en tener por cierto el hecho mismo de la creación.

         La lección que debemos extraer de estos “mitos” –dicen–, es mas bien, reconocer a Dios como creador del mundo. Del mismo modo, el “mito” de Eva, sacada de una de las costillas de su marido, no debe ser consid­erado pasaje histórico. En la explicación liberal, la conclusión de este pasaje consistiría únicamente en comprender que la naturaleza humana tiene una parte masculina y otra femenina.[34] Una muestra de lo antes reseñado nos la ofrece un autor católico liberal cuya tesis es igual a la de los liberales protestantes. En su obra Historiografía Bíblica plantea lo siguiente:

“El procedimiento de describir la suerte de grupos humanos enteros mediante relatos sobre un primer progenitor, lo empleó también el autor de Génesis 2 y 3 para caracterizar a toda la humanidad en su progenitor Adán. Fue así como el autor de estos capítulos que debió ser un poeta y pensador genial, expresó su propia imagen de la humanidad, de ésa misma que había perecido casi totalmente en el diluvio, y que había tenido su principio propio, la creación de Dios. Israel reunió en estos relatos muchas afirmaciones que consideraba base de su fe. Por eso, estos capítulos no resultan fáciles de interpretar. Una cosa es en todo caso clara, y es que en estos primeros capítulos del Génesis no se puede ir en busca de crónicas de hechos históricos. No se pierda de vista que lo que en los capítulos 2 y 3 se dice de Adán y Eva, se debe a un autor que escribe apenas hacia el siglo IX a. C.”.[35]

8. Exégesis fundamentalista y exégesis crítica

         Los liberales católicos y protestantes estiman que cada vez más hay teólogos que están abandonando la exégesis fundamentalista o conservadora.[36] Por un lado es cierto que desde principios de este siglo XX se está dando en el mundo un abandono de las posiciones conservadoras. Pero por otro lado, tampoco es cierto lo que muchas veces se publica en libros y revistas de extracción liberal y ecuménica: que la mayoría protestante ha optado por la exégesis crítica antisobrenaturalista. 

         A lo sumo, lo que uno si puede observar es que, todo aquel que sigue por el camino de la exégesis crítica liberal muestra un frío desprecio por la interpretación histórica del libro del Génesis (por no decir toda la Biblia). Y, ¿qué problema hay con esto? El problema es que está en juego la interpretación de Cristo y de los apóstoles. Y aquí cabe otra pregunta: ¿A partir de cuál presuposición los liberales se resienten en contra de los evangélicos conservadores? La respuesta no se puede hacer esperar: Sostenemos y afirmamos la presuposición básica de una Biblia infalible e inerrante en cuanto a los manuscritos originales. Y por demás, consideramos a toda la Escritura nuestra máxima autoridad en materia de fe y práctica. Podemos seguir siendo aborrecidos por el hecho de no colocar sobre el pedestal a la diosa razón. Respecto a lo anterior, el Dr. J. I. Packer declara lo siguiente:

“Debemos demostrar que el auténtico cristianismo es una religión de autoridad bíblica...Debemos tratar por ejemplo, con el tema de la inerrancia bíblica como el corazón de la posición evangélica. Los liberales critican negativamente el concepto de inerrancia, pero en realidad... es la más posi­tiva y significativa noción para establecer la doctrina de la autoridad bíblica. Sólo la verdad es autoritativa; y únicamente una Biblia infalible puede ser empleada tal como Dios quiere que se utilice su Palabra”.[37]

         Es fácil comprender una cosa: que por el afán de estar a tono con las ciencias, la exégesis crítica liberal menosprecia la exégesis fundamentalista-conservadora. La idea es que creen que es menos científica. Tocante a todo este asunto Gresham Machen, célebre defensor de la ortodoxia dice:

“...el intento liberal de reconciliar el cristianismo con la ciencia moderna los ha conducido al abandono de los aspectos más distintivos del cristianismo. En esencia, lo que les queda a los liberales es un tipo indefinido de aspiración religiosa, la misma que existía en el mundo antes de que el cristianismo apareciera en escena”.[38]

Interpretación Conservadora Reformada

         La diferencia básica entre estos dos tipos de interpretación de la Biblia es, en resumen, la siguiente: La posición conservadora se orienta por el método conocido como la “analogía de la fe” propuesta por los padres de la Reforma. Esto significa que la Escritura debe interpretar a la Escritura (la Biblia es su propio intérprete).

         La exégesis protestante reformada considera que la analogía de la fe es la regla primordial de la hermenéutica. Sencillamente significa que ninguna parte de las Escrituras puede ser interpretada de tal forma que llegue a crear un conflicto con lo que está claramente enseñado en otra parte. Por ejemplo, en el caso de la historicidad de Adán y Eva tal como lo relata Génesis, debe ser cotejado con otros textos donde se habla de los mismos personajes. Una importante pregunta surge en este momento: ¿fueron realmente Adán y Eva personajes históricos para los autores de los libros de Crónicas (l Crón. 1:1), Job (15:7), para el profeta Oseas (6:7), para Jesús (Mt. 19:4-6),  para Lucas (3:38), para el apóstol Pablo (Rom. 5:12-21; 1 Co. 15:22,45; 1 Ti. 2:13,14) y para Judas (vers.14)? Sabemos que los autores bíblicos mencionados se refieren a Adán y a la Eva del libro del Génesis.

         Ahora bien, la hermenéutica reformada conservadora se basa sobre el principio y sobre la confianza de que la Biblia es inspirada por Dios. Por lo tanto es consistente y coherente. Si decimos que el relato de la primera pareja es un mito, de igual modo debemos decir que los autores bíblicos antes reseñados sólo hablaron de algo irreal. Pero entendemos que esta no es la enseñanza de la Biblia.         

         Nuestra presuposición asume que Dios jamás se contradice a sí mismo. Si para Cristo y Pablo, Adán y Eva fueron reales, no debe­mos interpretar que el Génesis nos habla de una pareja irreal, ahistórica.  

         Los conservadores debemos considerar que es una calumnia contra el Espíritu Santo pensar que se contradice o nos dice mentiras. Los exégetas modernos liberales que sin ningún escrúpulo interpretan la Escritura contra la Escritura cometen este pecado. Comprendemos cual es el móvil de esta manera de acercarse a la Biblia: incredulidad en la inspiración verbal y plenaria de las Sagradas Escrituras.  

         De esta manera, concluimos diciendo que la lectura reformada y conservadora del protestantismo en general, busca establecer una equivalencia entre las palabras del texto bíblico y la realidad histórica expresada en el mismo. El llamado círculo hermenéutico no debe tener otra finalidad que iluminar el presente, el hoy, con la antigua verdad histórica de la revelación de Dios. Es por ello que los acontecimientos actuales no se deben interpretar a partir del mito como un emblema lingüístico irreal.

Interpretación Crítica Liberal

         Opuesto a lo anterior, la interpretación crítica liberal afirma que algunos pasajes que se presentan en la Biblia como historia no deben ser entendidos como tal. La estimación es que deben ser entendidos sólo como “géneros literarios”, etiologías o leyendas, temas que se repiten en la literatura, recursos literarios carentes de todo núcleo histórico. Ahora bien, al hablar de los días de la creación podemos estar de acuerdo en que pertenecen a la prehistoria. Más no por eso deben ser mitos a la “manera” hebrea. Otro caso erróneo es la afirmación de que aún los personajes del Génesis reconocidos por Cristo y los apóstoles como seres históricos son leyendas míticas que cuelgan en el vacío. De ahí también la negación de los primeros once capítulos del Génesis como historia. Para un cristiano conservador no es extraño que los liberales echen en saco roto los descubrimientos arqueológicos. Surge aquí, de momen­to, la importancia de los hallazgos que esta ciencia ha desenterrado y presentado como evidencias indubitables relativo al Génesis. Es decir, en relación al período patriarcal y todo el Pentateuco.[39] Conviene entonces que en el siguiente capítulo demos un vistazo a los antece­dentes del método crítico-histórico. Nos ayudará a comprender por qué se interpreta la Biblia desde la perspectiva del mito.

         Ilustremos lo anterior con un ejemplo. Los críticos liberales interpretan que la narración del rescate de Moisés de las aguas del río Nilo no aconteció realmente como declara la Biblia (cf. Ex.2:1-9). Lo que esto a lo sumo significa, dicen, es que el “libertador” o “fundador” (Moisés) cuenta desde el principio con una protección especial de Dios. (Una especie de “buena estrella”). Esto mismo se aplica a Josué y la destrucción de los muros de Jericó, a Sansón y a muchos otros personajes del AT. Bultmann dijo lo mismo en relación a Jesucristo. En el libro Los Orígenes, del Edén a Babel, el teólogo progresista católico Antonio Salas nos presenta un cuadro sinóptico. Según él, se trata de la visión mítica de cada relato así como su enseñanza catequética[40] (véase el cuadro del apéndice D). Esto nos ayudará a com­prender con más exactitud la interesante exégesis crítica liberal.

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