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HIJOS DEL DIVORCIO

Dr. Manuel Reaño
Rector, Fundación Universitaria Seminario Bíblico de Colombia

 

1.  Introducción
2.  Efectos del divorcio en los niños
        a. El divorcio y la edad del niño
        b. Divorcio y pobreza 

1.  Introducción

En términos generales, podemos decir que el divorcio es un asunto con el que la iglesia nunca ha llegado a sentirse muy cómoda que digamos.  Sin embargo, a medida de que como sociedad nos hemos movido en los últimos 40 ó 50 años en la dirección de una aceptación cada vez más amplia de él, la iglesia –en sus muchas manifestaciones--  ha tendido a resignarse primero –por lo menos en algunos casos— y en otros casos ha tendido a responder de una manera pragmática y positiva.  Esta respuesta positiva se ha manifestado en la incorporación dentro de su espectro de responsabilidades, del cuidado pastoral de aquellos afectados por el colapso de la relación matrimonial.  Esto se ha dado porque una proporción cada vez mayor de aquellos que vienen a formar parte de nuestras iglesias traen con ellos historias de fracasos matrimoniales, historias con las cuales tenemos que lidiar como pastores cuando estas personas deciden que quieren volver a casarse.  Por otro lado, sería una negligencia criminal el negar que una cantidad alarmantemente creciente de nuestros fieles enfrentan crisis matrimoniales tan profundas y severas que inevitablemente terminan en divorcio también.

Dejando de lado su aceptabilidad e incluso hasta su legitimidad, el sólo hecho de aceptar que el divorcio es un fenómeno que se ha asentado entre nosotros con firmeza y que nos acompañará por mucho tiempo ha sido ya un importante primer paso en el proceso de responder a las necesidades de aquellos involucrados en el dolor y el sufrimiento implicados en una separación.  Sin embargo, en vista de que el matrimonio ha sido siempre visto y definido en términos del rompimiento de una pareja y no en términos del rompimiento de una familia, la mayor parte de la atención ofrecida por quienes ministran o atienden pastoralmente a quienes se divorcian, se ha enfocado precisamente en eso: en parejas.  Las razones que se pueden aventurar para esto son variadas.  Por ejemplo, es evidente que aquellos en quienes las emociones y los conflictos son más visibles, son el hombre y la mujer que se están separando.  Por otro lado, la mayoría de las razones argumentadas como causas de la separación, son normalmente consideradas como temas “adultos” (violencia, incompatibilidad sexual, adulterio…o hasta el simple aburrimiento) las cuales se asume –tal vez correctamente—que están más allá de la posibilidad de entendimiento de un niño pequeño.  Por esa razón, esos temas se han considerado como aptos solamente para adultos y por consiguiente se tratan en círculos exclusivamente adultos.  Como si todo eso fuera poco para justificar el alineamiento de los niños del proceso de divorcio, todas las discusiones con los abogados en relación a asuntos de custodia o reparto de propiedades están más allá de la capacidad de entendimiento de un adulto de inteligencia normal, por lo que se da por descontado que un niño no tendría nada que hacer en ellas.  Como resultado de todo ello, los niños han sido los grandes ausentes de las discusiones acerca del divorcio y han sido además completamente dejados de lado, excepto en términos de representación (es decir, todo el mundo asume que hay alguien que está actuando de una manera u otra, buscando el beneficio de los niños involucrados).

Desafortunadamente, aunque es cierto que a los niños se les mantiene a distancia de las discusiones y de las decisiones, también es cierto que es imposible mantenerlos a distancia del dolor de la pérdida.  Para darnos cuenta de la tremenda injusticia cometida, consideremos por un momento una pequeña lista incompleta e improvisada de lo que un niño pierde en un divorcio: 

·      Por lo menos uno de sus padres

·      La sensación de seguridad que su hogar proveía hasta entonces

·      Cualquier grado de certeza en cuanto a los sentimientos de sus padres

·      Su casa

·      Sus amigos del barrio

·      Su colegio (con todo lo que esto implica)

·      Sus parientes (por lo menos los de un lado, si no ambos)

·      Su seguridad económica relativa (siempre será peor después del divorcio)

·      Su estabilidad emocional y psicológica…etc.   

En este estudio trataremos de entender el proceso por el que pasan los niños en un divorcio, con el fin de responder desde una perspectiva pastoral a las necesidades que ese proceso crea o trae a la superficie.  Daremos una mirada a lo que la literatura dice que son los efectos del divorcio en los niños, de la magnitud y las características de su pérdida, y a las maneras en que ellos tienden a reaccionar y responder al evento.

En una segunda parte,  consideraremos lo que nosotros como la iglesia podemos hacer para disminuir su sufrimiento y para equiparlos para que puedan enfrentar el trauma y enfrentar el futuro en las mejores condiciones que les sea posible.  Para evitar confusiones de términos, llamaremos aquí “divorcio” a cualquier combinación que implique una separación de una pareja que vivían como esposos (casados que se divorcian, casados que se separan, convivientes que se separan) y llamaremos “niños” en general a los hijos de esa pareja, aun dependientes de ella, aun cuando sean mayores de 15 años y técnicamente hayan dejado de ser niños.

Es necesario estar conscientes de que existen dos extremos que debemos evitar.  Por un lado, la atención pastoral a estos niños no puede ni debe tomar el lugar y la responsabilidad que le compete a otros profesionales como psicólogos o trabajadores sociales.  Por el otro lado, sin embargo, la labor de esos otros profesionales no puede ni debe hacer superfluo el ministerio amoroso y sabio de los elementos espirituales que incluyen la sanidad, el perdón, el amor que una persona puede brindarle a otra en el nombre de un Dios amoroso y misericordioso.

2.  Efectos del divorcio en los niños

Podemos entender el divorcio como la punta de un enorme iceberg.  Para empezar, por ejemplo, deberíamos siempre considerarlo como una parte de un tema más grande, que es el del matrimonio, porque sin éste, aquel no podría existir.

La dinámica de la relación entre esposos es extremadamente compleja y variada y dentro de ella, el divorcio es simplemente una pieza más del rompecabezas, aunque por supuesto, una muy importante.  Sin embargo, necesitamos reafirmar que de lo que estamos tratando es del matrimonio; el centro de nuestra discusión y de nuestro interés no es el divorcio, sino el matrimonio. 

Esto debería ayudarnos, por un lado, a recordar que nuestro mayor interés en relación al divorcio es el de tratar de evitarlo.  Claro que no se trata de evitar el divorcio por evitarlo, sino que como agentes pastorales debemos trabajar para fortalecer el matrimonio como institución y como compromiso entre dos personas en particular.  De otro modo, nos corremos el riesgo de caer en la trampa en la que algunos han caído, de dedicar tanto tiempo, esfuerzo e interés a esto del divorcio, que descuidamos a los matrimonios que constituyen una parte importante de nuestra grey.  Es necesario recordar que antes que ser responsables por el pastoreo de quienes sufren por un divorcio, los pastores son responsables de cuidar y edificar los matrimonios para que no lleguen al punto de rompimiento.  Nuestro propósito es que el divorcio no sea contemplado como una solución a los problemas y dificultades naturales de un matrimonio, con la facilidad y rapidez con que eso se hace hoy en día.  Aquí vamos a contracorriente de algunos autores (como Ahrons, citado por Bush (1996:111)), quienes proponen que “debemos apuntar no tanto a prevenir el divorcio, sino a prevenir sus consecuencias negativas”.  No podemos aceptar ese derrotismo; debemos apuntar a prevenir el divorcio, así como a prevenir sus consecuencias negativas.

En segundo lugar, este centrarnos más en el matrimonio que en el divorcio, también debería ayudarnos a evitar la suposición simplista y equivocada de que lo que daña a estos niños es el divorcio en sí mismo y que la integridad de la familia debe ser defendida a toda costa.  Lo que en realidad daña a los niños es el conflicto entre sus padres y en particular, la manera en que ese conflicto es manejado. [1]   El divorcio marca un punto de crisis en el proceso de conflicto, pero como en cualquier otra crisis, su resultado no puede ser asumido como algo automáticamente negativo; una crisis puede ser un punto de partida hacia la recuperación si la ayuda apropiada se provea oportunamente (Felner et. al. 1975: 309).  Sin embargo, una crisis mal manejada puede empeorar la situación de la persona. [2]

Contrariamente a lo que la sabiduría popular quiere creer, por lo general el conflicto no termina con el divorcio.  De acuerdo a Pfeffer (1981: 23), hay varias formas de conflicto post divorcio:

1.    Los padres pueden continuar con el mismo tipo de relación turbulenta que tenían antes del divorcio.

2.    La turbulencia puede ser causada por el niño que manipula a sus padres para perpetuar el conflicto o  para promover una reunión (o para generar atención en un proceso en el que no tiene protagonismo).

3.    Un padre y el hijo unen sus fuerzas contra el otro padre

4.    El sistema de apoyo origina que uno de los padres quede insatisfecho con los arreglos del divorcio.  

Por lo tanto, para entender el efecto del divorcio en los niños, se hace imprescindible evaluar el ambiente en el que el niño vive, así como el estado intrapsíquico del niño antes, durante y después del divorcio.  Estas variables requieren de una investigación sistemática que pueda elucidar los tipos de programas de intervención que puedan ayudar a un niño a enfrentar un divorcio.

(Pfeffer, op. cit.: 24. [Trad. libre mía])

Esto nos demuestra entonces, que los efectos del divorcio en los niños deben ser vistos como parte del espectro del efecto del conflicto interparental en los niños.  Este espectro puede ser dividido, para efectos metodológicos, en tres estadios: “respuestas al conflicto, respuestas a la separación y respuestas al cambio de vida” (Emery 1982: 325).  En un sentido, el divorcio tiene que ver con los tres estadios propuestos ya que en el momento en que se decide llegar al rompimiento, el conflicto lleva por lo general un tiempo más bien prolongado y cuyas características determinarán el daño que ya ha recibido el niño cuando el divorcio es considerado como una opción.  Una vez que se da la separación, aparecen los segundos tipos de respuestas y ellas dependerán de una serie de factores como la historia previa de conflicto, la edad del niño, las supuestas causas del divorcio, etc.  De ese momento en adelante, empieza el largo proceso de redefinición de la vida para todos los involucrados, con todas las demandas de adaptación implicadas.  Este proceso también estará afectado por factores como la presencia o ausencia / lejanía cercanía del padre no-custodio, la dinámica de la relación entre los ex-esposos, la sabiduría del padre custodio al  manejar la relación entre el hijo y el ex-cónyuge, etc.  Existe ayuda disponible (o por lo menos debería existir) para que los padres aprendan a manejar todas estas situaciones de una manera que es útil para sus hijos y también debería existir ayuda para que esos niños usen de la mejor manera posible sus recursos psicológicos y sociales para minimizar la magnitud de las heridas.  Sin embargo, como en muchos otros casos en los que nos vemos obligados a confiar en la tecnología, “Los padres deberían saber que, desafortunadamente, los psicólogos no tienen todavía todas las respuestas a las muchas preguntas acerca de cómo los problemas matrimoniales afectan a los niños”. (ibid.)

En un intento por entender el asunto, se ha comparado la pérdida de un padre por causa de un divorcio, con la pérdida de un padre a causa de la muerte.  Sin embargo, existen suficientes diferencias entre esas dos circunstancias como para que se amerite el desarrollo consciente de dos tipos de manejo diferentes en cada caso. [3]   De cualquier manera, ambos tipos de crisis originan problemas en los niños. “Por eso y por el conocimiento que tenemos de la literatura que todos esos efectos son serios y de larga duración, se refuerza la necesidad de desarrollar intervenciones tempranas y efectivas.” (Felner et. al. 1975. 309).

En conclusión, los efectos que el divorcio puede tener en los niños son tanto serios como de larga duración.  Quizás deberíamos estar conscientes de la tentación que existe de establecer una dicotomía entre una perspectiva de crisis en relación a los efectos del divorcio (con el consiguiente enfoque aislado en los efectos comportamentales y relacionados al ajuste) y una perspectiva de trauma-prolongado (con efectos inevitables en el desarrollo y efectos socio-emocionales, los que se llevan hasta la edad adulta).  Las investigaciones parecen apoyar una visión dual, en la que ambos tipos de efectos se reconocen (Plunkett et.al. 1986: 1) y ambos deben ser tenidos en cuenta para efectos de intervención, tanto terapéutica como pastoral. [4]

a. El divorcio y la edad del niño

Tradicionalmente se ha asumido la posición de que los niños pequeños a) entienden tan poco de lo que pasa a su alrededor que no pueden ser afectados de manera importante y b) cualquier cosa que pase, ellos se recuperarán pronto.  Esto ya no se puede aceptar como una verdad.  De todas maneras, es muy difícil evaluar cómo se relaciona la edad con el grado de afectación cuando se produce la separación.  Para Collins por ejemplo (1982: 462), los niños menores de seis años o mayores de 14 son los más afectados, mientras que “Los niños en el medio parecen tener menos problemas de ajuste”.  Sin embargo, los efectos de largo plazo no pueden predecirse a partir de la reacción inicial y la observación de Collins podría llevarnos a tener una falsa sensación de seguridad cuando se trata de niños entre 6 y 14 años.

Por otro lado, Guest afirma que “Niños en edad escolar primaria – de seis a doce años—parecen responder con un mayor grado de duelo y depresión” (Guest 1989: 31).  Cornes se refiere al estudio de Wallerstein y la cita diciendo “Es verdad que algunos que reaccionan mal inicialmente se pueden ajustar bien más tarde, pero algunos de los menos problemáticos, de los aparentemente más tranquilos y calmados [al principio], estaban en problemas diez y hasta quince años más tarde”.  (Cornes 1993: 463).  Pfeffer parece estar aun menos convencido en cuanto a esta segregación y afirma que “Faltan investigaciones sistemáticas de la relación que existe entre el divorcio y la edad o el sexo específico del niño en el momento en que éste se produce.  Entre los estudios que se han reportado, los resultados no son concluyentes y han causado controversia”.  (Pfeffer 1981: 27). [5]

Una estadística interesante de notar, es que la mayor parte de rompimientos de matrimonios se dan dentro de los primeros seis años.  Por consiguiente, se ha estimado que el 60% de los divorcios afectan a niños de esa edad o menores (McDaniel 1972: 203).  El mismo autor después comenta: “Y claro, a menor edad del niño…más dificultades tendrá para entender el divorcio y todas sus ramificaciones…Los síntomas en los niños fueron tristeza e ira, evidenciados por posesividad, ruidosidad, hiperactividad, y agresividad, expresada en empujones, golpes, patadas y hasta mordeduras”.

Los temas recurrentes en la literatura entonces, son ira, tristeza, frsutración, temor, soledad y vergüenza, las cuales se pueden expresar de muchas maneras diferentes.  En 1985, Johnson calculó que más del 16% de los menores de 18 años en los USA habían experimentado el divorcio de sus padres y vale la pena leer su evaluación de los problemas que ellos enfrentan:

La tasa de ocurrencia [de problemas emocionales] en tal población de hijos de parejas divorciadas, se ha reportado entre el ocho y el veintiocho por ciento, con una media del 15%…Estos estudios han encontrado también que 1) La proporción de hombres y mujeres entre los pacientes emocionalmente perturbados en el grupo de hijos de parejas divorciadas es casi el mismo que entre los hijos de familias intactas; 2) existe una mayor tasa de delincuencia y de comportamientos antisociales entre los hijos de parejas divorciadas que entre los hijos de familias intactas; 3) la depresión es más común entre los niños que han sufrido un divorcio, que entre aquellos que no lo han experimentado; 4) hay una mayor incidencia de ansiedad, síntomas neuróticos y problemas de formación de hábitos (e.g. problemas de sueño o de alimentación) entre los hijos de divorciados, en comparación con los hijos de familias intactas.  Estos resultados sugieren que, entre los niños que sufren de problemas emocionales y de conducta, aquellos cuyos padres se han divorciado pueden estar especialmente susceptibles a desarrollar cierto tipo de desórdenes del desarrollo, mientras que permanecen relativamente libres de otros…no se han desarrollado parámetros ni teóricos ni programáticos en relación a este grupo particularmente vuelnerable de la población, en especial a lo que se refiere al cuidado pastoral de ellos. (Johnson 1985: 200.  Traducción y énfasis míos.)

El mismo autor especifica cuatro tipos de emociones, que explican el sentimiento de carga que experimentan estos niños:

1.    Un exacerbado sentido de su propia vulnerabilidad.  Estos son niños que han visto su mundo derrumbarse frente a sus propios ojos y llegan a la conclusión (a todas luces lógica) que si el vínculo marital que unía a sus padres puede romperse, así también puede romperse el vínculo que los une a ellos con sus padres.  Ninguna reafirmación verbal de que su padre o su madre nunca los dejará como lo están haciendo el uno al otro por medio del divorcio despejará este temor.

2.    Un sentimiento de pérdida.  Los niños pequeños son afectados por la pérdida de uno de sus padres; los adolescentes y los niños mayores, parecen ser más afectados por la pérdida de la familia como estructura, con todo lo que ella proveía en términos de seguridad y lazos sociales.

3.    Un sentido de rechazo.  Los niños rápidamente se dan cuenta del ensimismamiento de los padres en sus propios problemas y esto es un primer nivel de rechazo.  La salida del hogar de uno de los padres es un segundo nivel de rechazo que tienen que afrontar, ya que esa salida es tomada como una falta de interés en el niño.  En el caso de niños pequeños, ellos son totalmente incapaces de entender la salida de un padre como algo diferente a que los están dejando solos a ellos.  No pueden diferenciar el abandono de la pareja del abandono a ellos.  Esta parece ser la fuente de la agresividad que estos niños desarrollan.  El niño o la niña se da cuenta de que sus padres han actuado egoístamente, teniendo en cuenta única o principalmente sus propios intereses y entonces –sintiéndose rechazado y traicionado—el niño responde con agresión.

4.    Un sentimiento de culpa.   Esto es especialmente cierto en los muy jóvenes.  Parecen ser incapaces de desconectar la salida del padre con otras ocasiones previas en las que ese padre ha mostrado disgusto por el mal comportamiento del niño.  La distancia de los padres durante este tiempo y la frecuente irritabilidad que muestran debida a la tensión causada por el conflicto, parecen confirmarle al niño que, después de todo, él tiene la culpa de todo lo que está pasando.  Este sentimiento de culpa está marcadamente ausente en los adolescentes, los cuales –por el contrario—tienden a reaccionar fuertemente ante cualquier insinuación de que ellos tengan algo que ver con todo eso.  

Por último, en referencia a la tormenta emocional que los hijos de parejas divorciadas tienen que enfrentar y a la ansiedad e ira con la que reaccionan, hay que tener en cuenta una advertencia acerca de una tema muy importante y lamentablemente frecuente que debe ser evitado a toda costa:

Los problemas también se agravan cuando los niños se convierten en armas involuntarias usadas por el esposo y la esposa para atacar y manipular el uno al otro o cuando los niños se convierten en prisioneros de guerra, atraídos de un campo al otro para ser sometidos a lavados cerebrales.  En un principio, estos niños lucen heridos y confundidos.  Más tarde, demuestran ira, en especial con aquel padre que haya sido el mayor manipulador.  (Collins 1988: 462)

Este problema del uso de los hijos como armas se ve con mayor frecuencia en los casos en que el conflicto se desborda, incluyendo batallas legales por la custodia.  En esos casos, los niños son siempre los perdedores ya que aun después de que se ha llegado a un acuerdo legal, se ve que los niños son utilizados para obtener información acerca del padre no-custodio cuando él o ella los visita o son convertidos en portadores de mensajes desagradables.  Lo que ocurre normalmente es que en un principio el niño se puede aliar con el padre custodio quejoso y desarrollar un rechazo hacia el otro padre, quien es vilipendiado.  Esto agrava y perturba el proceso de despegamiento de ese padre que el niño tiene que pasar.  Sin embargo, más tarde en su vida, a medida que el niño crece y puede darse cuenta de que la vida no es tan concreta como él creía o como se le hizo creer, esta tendencia inicial cambia y reacciona con ira contra el padre custodio, quien envenenó y amargó su relación con el padre no-custodio.  Lo que esto nos demuestra es que los niños deben ser tenidos a distancia del resentimiento que se ha generado entre los padres y sus memorias de su vida pasada, cuando todavía eran una familia (memorias que pueden estar frecuentemente idealizadas) no les deben ser robadas por un padre o una madre resentidos. 

b. Divorcio y pobreza 

Un último efecto del divorcio en niños que veremos sólo brevemente, es el efecto económico, el cual es considerado en otras sociedades como la más prevalente fuente de estrés para ellos (Hetherington 1979: 354).  Aparte de las dificultades emocionales y los efectos relacionales de largo plazo que estos niños tienen que cargar, afectando las familias que ellos formarán después y perpetuando así el debilitamiento del vínculo matrimonial en nuestra civilización, tenemos también el pernicioso y autoperpetuado fenómeno del empobrecimiento económico que el divorcio crea para los niños y el padre custodio.  Guest cita estadísticas que demuestran que:   “…las mujeres divorciadas con niños pequeños, experimentan un 73% promedio de disminución en sus estándares de vida durante el primer año después del divorcio.  Simultáneamente, sus esposos disfrutan un promedio de 42% de aumento.” (Guest 1989:32.  Enfasis mío)

Haciendo un estudio que no tiene en cuenta factores éticos o religiosos en absoluto, Patricia Morgan ha estudiado la relación que existe entre el divorcio y la demanda ejercida sobre las agencias de beneficencia.  Ella menciona que la gente puede caer en la pobreza por una variedad de razones, pero que por lo general logran salir de ella otra vez. [6]   En el caso de padres divorciados y en custodia de sus hijos, ellos tienden a ser menos exitosos en esta tarea (de escapar de la pobreza), ya sea que el caso es el de una familia completa que súbitamente se convierte en una familia pobre de un solo padre o que la pobreza sea causada directamente por el rompimiento de la relación matrimonial.  Otra vez, esto es un círculo vicioso que se autoperpetúa.

El efecto de la presencia de un solo padre en el mantenimiento y la extensión de la pobreza y la dependencia pueden ser empeorados por efectos intergeneracionales.  Todas estas características se vuelven circulares; los hijos tienen una mayor tendencia a ser pobres, o padres solos pobres, en comparación con los hijos de familias pobres pero intactas.  De esa manera, los hijos de padres solos están en desventaja en una manera que afecta su futuro y los futuros de sus hijos.  A lo largo del tiempo, la estructura familiar puede terminar haciendo una contribución permanente y desproporcionada al fenómeno de la pobreza persistente y acumulativa y dependencia de la beneficencia y la evidencia demuestra que esos efectos están creciendo.  (Morgan 1995: 42-43)

Aun más, en casos en que la madre empieza una nueva relación, los novios y padrastros muestran una tendencia mucho menor a gastar o invertir en los hijos de su pareja, especialmente si no existen vínculos legales.  Esto se complica y empeora por la disminución del tiempo y  de la atención que el padre custodio ofrece a su hijo y también por una disminución de tiempo y otros recursos provenientes de la familia extendida, los cuales disminuyen o desaparecen cuando una nueva relación de pareja se establece.  En los casos más extremos, el altruismo del padre custodio se ve afectado al grado de obligar a la institucionalización del niño. (Morgan op. cit.: 43).

Aparte de los problemas emocionales que los hijos del divorcio tienen que enfrentar, los cuales de por sí generan niveles bajos de rendimiento académico, existe la posibilidad de que estos hijos tengan que crecer en un ambiente donde nadie en casa trabaja regularmente y la familia depende de subsidios.  Encima de eso, y esto afecta más a los hijos que a las hijas ya que el rol masculino es el que normalmente hace falta, existe una falta de contactos informales o de las habilidades necesarias para buscar trabajo o para “buscarse la vida”.

Visto desde varias perspectivas diferentes entonces, el divorcio es un asunto extremadamente serio y hasta un vistazo breve e incompleto a sus efectos en los niños nos debería hacer pensar como sociedad si no hemos ido demasiado lejos en su liberalización, la cual ha sido llevada casi hasta el punto de la promoción, presentando a la vida como incompleta sin un divorcio. [7]   De pronto lo que sucede es que el concepto de divorcio ha estado demasiado ligado a temas como la liberación de la mujer, logrando así que se convierta en uno de los íconos de la feminidad moderna el demostrarle al mundo que las mujeres no necesitan a los hombres y que son perfectamente capaces de criar hijos sin  ninguna molesta presencia masculina a su alrededor (Hetherington 1979: 855).

Tal vez es cierto que las mujeres no necesitan a los hombres –y esos escabrosos temas como el equilibrio entre la explotación de la mujer por el hombre y del hombre por la mujer tendrán que esperar otra oportunidad para ser discutidos—pero los niños sí necesitan a sus padres tanto como necesitan a sus madres.  Sin embargo, parece ser que hemos estado haciendo en un nivel macro lo mismo que cualquier pareja hace: nos hemos concentrado tan exclusivamente en nuestros propios deseos, en la defensa de nuestros derechos, en la valorización de nuestra dignidad de hombres o de mujeres, que hemos sido criminalmente ciegos a la situación de los millones de niños que cada año viven el infierno del divorcio de sus padres. [8]   No necesitamos ser especialmente perceptivos para darnos cuenta de que los intereses de un individuo están siempre estrechamente ligados a los intereses de algún otro individuo y que la cuerda siempre se rompe por su punto más débil.  Scanzoni  (1981: 796) nos dice que “Los críticos se preocupan de que mientras los adultos andan ocupados de defender sus derechos, los hijos son olvidados a su suerte” y los críticos no son los únicos que debieran estar preocupados acerca de esto.  Si alguien necesita todavía ser espantado por lo que sucede a nuestro alrededor, terminaré esta sección citando una opinión vertida hace algunos años en la televisión británica:

Anne Keheller, en el programa de la TV británica llamado Byline (BBC1, 10 de julio de 1989) promueve el tipo de matrimonio llamado contractual, en el cual una pareja diseña y entra en un contrato mutuamente acordado y legalmente efectivo, el cual casi con certeza no incluiría la permanencia en la relación y que podría presentar la libertad sexual como una opción.  Ella entonces se vio confrontada con la objeción de que eso podría ir en contra de los intereses de los niños [a lo que contestó]: ‘Los intereses de los hijos tendrán que hacerse a un lado, en beneficio de los padres’ (Cornes 1993: 14.  Enfasis mío).


[1]                  Para una discusión extensa y técnica de este asunto, ver el artículo de Robert Emery: Interparental Conflict and the Children of Divorce.  Psychological Bulletin 92 (2): 310-330, 1982.

[2]                “…el conflicto familiar no decrece sino que aumenta en el año siguiente al divorcio” (Hetherington, 1979: 855).  Camplai et. al. (1987: 216) también ven este problema, aunque ellos lo relacionan al asunto de acceso a los padres: “Después del divorcio, la adaptación del niño se ve afectada negativamente por niveles altos de conflicto interparental y bajos niveles de contacto entre el niño y el padre no-custodio”.  Hetherington (1979: 856) también señala la disponibilidad del padre que se va con un “…ajuste positivo y relaciones sociales, especialmente en los niños (varones)”. [traducciones mías].

[3]                Wallerstein, por ejemplo, esperaba un patrón similar de disminución de síntomas en ambos casos después de un año.  Sin embargo, “Ella encontró que el daño todvía era agudo [para los niños después de un divorcio] hasta 10 años después que el estudio empezó” (Billingsley 1982: 84).

[4]                Hacemos aquí la distinción entre terapéutica como la intervención profesional, de orientación clínica y pastoral como la intervención menos clínica o sistemática, que pertence a un contexto diferente y que toca áreas diferentes del ser humano, aunque ella no es menos terapéutica.

[5]                Sin embargo, ella hace referencia al estudio longitudinal llevado a cabo por Wallerstein y Kelly y hace una lista interesante de efectos en niños de diferentes edades.

[6]                Por supuesto, esto se refiere solamente a sociedades como las que ella tomó para su estudio (Reino Unido y USA)

[7]                “Nuestra cultura a menudo parece ver al matrimonio como algo negativo para las mujeres, y al divorcio como un paso necesario para el crecimiento y la realización personal”. (Bush 1966: 111).

[8]                Ver el artículo de Scanzoni, donde él discute cómo el advenimiento de la discusión dobre los derechos del individuo ha resultado en una erosión de tradiciones e instituciones, conceptos ambos que son fundamentales al concepto de familia.

 

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