Lo que es mejor
Eclesiastés 7:1-14
Santiago Benavides, Fundación Univeristiaria, Seminario Bíblico de Colombia, Medellín, Colombia
Durante una época de mi vida (de la que no estoy seguro de haber salido aún) se me antojó pensar que de alguna manera la fe y el pesimismo no sólo eran compatibles, sino hasta inseparables; que ser cristiano, obvio, no se trataba de andar con mala cara todo el día, pero sí de tener siempre presente que el mundo es un festín de intenciones en el que nada debería sorprendernos. Y creo que en cierto sentido es posible decirlo así, pues nada como la fe deja tan en claro la incansable errancia humana y la inverosímil pero cierta posibilidad de que seamos profundamente perversos. Desde este punto de vista, la historia, con su permanente ilusión de estar yendo hacia delante, tiene que ser una mentira magna que nos contamos cada día en la tierra y quienes, modestia aparte, nos percatamos de ello, casi nos quedamos sin alternativas frente al pesimismo. Igualmente la iglesia, embarcada a veces en la idea de ser una recreación del paraíso, se choca una y otra vez con la realidad de cristianos ejemplares que de un momento a otro roban, se van con la secretaria o manipulan a su gente, dejándonos a muchos –igualmente susceptibles de caer en tentación- con la acritud del desencanto. Sin embargo, hay una sutil ironía en el hecho de que la fe nos lleve al punto de tener la actitud de no creer. Una cosa, y está muy bien, es que la fe nos guarde de cuanta bobada erudita o ignorante se nos aparezca; pero otra, distinta y extraña, es que la fe nos haga seres incrédulos por definición. En vez de eso, otras perspectivas, más llamativas y amables, nos sugieren que la fe no sólo es incompatible con el pesimismo sino hasta contraria a éste (quisiera decir que es, por defecto, compatible con el optimismo, pero el término ha sido tan asociado a patriotismos baratos, a ilusas expectativas de año nuevo vida nueva, y a pósters de farmacia pregonando actitudes positivas en medio del contagioso aburrimiento de los dependientes, que me disgusta). Y es que ocurre que por muchas y benditas razones la fe parece que nos obliga más bien a la esperanza, ese concepto que a fuerza de uso y abuso parece haber perdido algo de su lustre y su poder. Visto más de cerca la fe nos obliga a esperar, con lo cual se implica que atiende su actualidad pero que no se queda en ella (pues sería, ya se ha dicho, irremediablemente pesimista) sino que va más allá y alcanza a vislumbrar cimas de plenitud en lo que parece ser un caso perdido o, para seguir en la misma tónica, des-esperado, del que no cabe esperar nada.
Como estamos habituados a desconfiar de los extremos se nos aparece una pregunta sencilla: ¿hay en la Biblia algún indicio acerca de cuál podría ser, respecto a este tema, la actitud del hombre de fe? O dicho de otra manera ¿se nos da alguna pista para conciliar –si fuera posible- el pesimismo y la esperanza con los que se suele asociar la fe?
Hace aproximadamente tres mil años [1] alguien parece haber tenido una duda semejante o, al menos, afín. Sentado sobre el cúmulo de sus diversas experiencias, este personaje causa la impresión de que no le queda otro deseo que no sea el de evaluar con terrible sinceridad lo vivido; el relato de su ascenso a las cimas del poder, el placer y el conocimiento se opaca en la medida que el examen va dejando en claro una parca verdad: vanidad de vanidades, todo es vanidad. A pesar de que podría pensarse que un mensaje así difícilmente pasaría de ser un asunto de limitado interés (pocas cosas en nuestra cultura son menos valoradas que lo que nos huela a lección de viejo arrepentido) es justamente esa intermitencia de glorias pasadas y desencantos acumulados lo que bien pudo haber garantizado su permanencia en la memoria de la literatura [2] , o, lo que le equivale, haber develado la profunda humanidad de su autor, el “maestro, hijo de David, rey en Jerusalén" [3] . Sus palabras nos llegan cargadas de antigüedad y lejanía, pero con el sello inconfundible de la genialidad y la piedad, los dos elementos que hacen que un texto valga verdaderamente la pena.
Mejor es el buen nombre que el buen perfume
y mejor el día de la muerte que el del nacimiento
Mejor es ir a una casa de luto que a una casa de banquete
(porque aquello es el fin de todo hombre
y hará que el que vive lo considere en su corazón)
Mejor es la tristeza que la risa
(pues el rostro triste hace bien al corazón)
El corazón de los sabios está en la casa del luto
pero el corazón de los necios en la casa del regocijo
Mejor es oir la reprensión del sabio
que oir la canción de los necios
(pues como el sonido de los espinos bajo la olla
así es la risa del necio
y esto también es vanidad)
Ciertamente la opresión enloquece al sabio
y el soborno hace perecer su corazón
Mejor es el fin de un asunto que su comienzo
Mejor la paciencia de espíritu que la altivez de espíritu
No te apures en tu espíritu a enojarte
porque el enojo anida en el seno de los necios
No preguntes por qué fueron mejores los días que ya pasaron
que éstos presentes
pues no hay sabiduría en esa pregunta
Buena es la sabiduría acompañada por la herencia
y provechosa para los que ven el sol
(porque la sabiduría y el dinero protegen,
aunque la ventaja del conocimiento
es que la sabiduría preserva la vida de quienes la poseen)
Mira la obra de Dios
¿quién es capaz de enderezar lo que él torció?
En el día bueno vive bien
y en el día malo piensa que Dios hizo el uno como el otro
para que después de él
el hombre no encuentre nada.
Eclesiastés 7:1-14
Duro y bello texto. A primera vista se ve más bien sombrío. Recomienda los funerales en vez de las fiestas y el llanto en vez de la risa; y las razones que da para ello no sólo no nos ofrecen un cuadro optimista sino que, por el contrario, añaden pesadez a cada palabra. Sin embargo, después de haberlo estudiado con detalle, me parece que hay en él algo más que simple rudeza, una pista inteligente y delicada acerca de la verdadera esperanza. Es como si quisiera reflejar en su aspecto la situación de esa esperanza en el mundo: dispersa, brillando solamente para los que la ven cobrar formas totalizantes en medio del sinsentido (como esos juegos ópticos que sólo a los perseverantes le revelan la figura tridimensional que se esconde en el montón de mamarrachos aleatorios), tomando la perplejidad que nos produce vivir para convertirla en el camino hacia la más inquebrantable de las certezas. Nos habla acerca de lo que es mejor [11] y para disgusto de la mayoría de nosotros tal cosa no coincide con las vivencias más gratas. En vez de eso, parece ser lo menos fácil y confortable, lo que le hace daño al rostro pero bien al corazón.
En esta incursión se hace forzoso dejarnos llevar de la mano del autor, no embelesarnos con la primera apariencia de sus dichos, sino seguirlo en el curioso modo que tiene de compartir su sabiduría. Nos presenta su mensaje de tal manera que la fuerza se concentra en un punto central, el cual emerge como sustentado por el efecto de un movimiento centrípeto [12] . En cinco momentos, desde cinco ventanas distintas que se asoman por ángulos diferentes pero relacionados entre sí, el sabio de la antigüedad nos dice lo que es mejor.
Es mejor el día de la muerte que el día del nacimiento. Esta frase, que corresponde al segundo hemistiquio del primer versículo es, por continuar la figura que usé en el párrafo anterior, la que he escogido para enmarcar la primera ventana, o en términos más convencionales, para nombrar la primera sección. Le gana en representatividad al sonoro juego de palabras con que se abre el discurso [13] por cuanto nos conduce claramente a la extraña conclusión del v. 4: El corazón de los sabios está en la casa del luto, pero el corazón de los necios en la casa del regocijo. Mediando la lógica entre la consideración del día de la muerte y la preferencia del sabio por las casas de luto, hay un poderoso motivo: el provecho que traen la tristeza (v. 3) y la consideración sobre el fin de todo hombre (v. 2). Así, lo primero que es mejor es el reconocimiento de las dos realidades más adversas de la existencia, aquellas que tienen que ponerle un severo interrogante a todo lo que el ser humano se propone y emprende: el sufrimiento y la muerte. Por así decirlo, no hay camino a lo verdaderamente valioso que no atraviese sus dominios, que no descienda al famoso valle de la muerte del que nos habla el salmo 23. En consecuencia, se renuncia al festejo que se da como negación de la adversidad, el que se concibe como una ruta de escape provisional a la indeclinable fragilidad humana.
La crudeza del mensaje no proviene tan sólo del contenido, también es comunicada por las palabras con que se articula. Resulta que la bondad, ese entrañable atributo de la Creación y de las dádivas divinas, también se esconde en el recuerdo de las casas de luto y en los rostros afligidos. La impresión que debió causar una propuesta sobre lo bueno de pensar en la muerte tuvo que ser honda y perdurable. Sin duda se trata de una obertura honesta, una invitación a seguir leyendo qué más puede decirnos quien se atreve a comenzar de tal modo sus palabras [14] .
Una vez que quien busca lo que es mejor ha aceptado mirar por la ventana de la muerte y el sufrimiento, debe dirigirse a otra en cuyo marco se lee “mejor es la sabiduría que la necedad”. Si la primera visión fue difícil de contemplar (nada nos inquieta tanto como el hecho de que algún día dejaremos de ser), la segunda es casi imposible de acatar, pues nos muestra un panorama de constante reprensión de parte de los sabios, y ¿a quién le gustaría vivir en el plan de una amonestación perpetua? Para colmo de todo, al lado de la ventana que corresponde mirar, y que muestra este paisaje bizarro, hay una colorida y atrayente que de algún modo está vetada para los aspirantes a lo verdaderamente valioso. Por su postigo se cuelan canciones alegres y una luz pastel que aunque parece iluminar el espacio en realidad sólo lo invade, como si fuera una niebla densa, rosada y reflectiva [15] . Los peregrinos se sienten tentados a empinarse un poco y consolarse de su dura búsqueda con una ojeada, pero entonces los detiene la primera de las reprensiones que tendrán que atender en su camino hacia lo que es mejor: “como el sonido de los espinos bajo la olla, así es la risa del necio, y también esto es vanidad”. Sólo la consideración de los espinos [16] quebrándose debajo de un tiesto de barro [17] es suficiente para que el deleite tonto e irreflexivo revele su fealdad y su locura; como lo dice un tango del Trío Mar del Plata… “muertos de risa en el instinto y la pavada, caminando alegremente a la catástrofe final”
Si en un primer momento se renuncia al festejo que distrae de la fatalidad, aquí se renuncia al festejo que distrae de la madurez, de la aptitud que sólo es producida por la continua exposición a la reprensión de los sabios; y ésta, la reprensión, se convierte en una segunda palabra del autor acerca de lo que es mejor.
Es entonces cuando llegamos a la ventana del centro, el punto emergente del que hablábamos unas líneas atrás: mejor es el fin que el comienzo. Se comienza a vislumbrar una tenue claridad en este recorrido. Ciertamente evoca la direccionalidad del día del nacimiento yendo a uno mejor -el de la muerte- pero el carácter de la afirmación parece haber cambiado. El fin antes que el comienzo es un indicio de esperanza para la mayoría de nosotros, siendo que generalmente iniciamos dando traspiés en la vida. Es de alguna manera el antónimo bíblico del refrán popular según el cual ningún árbol torcido se endereza.
La vista desde esta ventana es extraña. Se parece un poco al Jardín de las Delicias, el famoso tríptico del Bosco. Mezclados en el mundo están los pacientes de espíritu y los altivos de espíritu, parecidos en su apariencia pero claramente diferenciables por sus actitudes… los altivos están enojados: ¡Sopresa! Hasta esta altura del discurso teníamos todos los motivos para suponer que lo que es mejor nos exigía no sólo un semblante, sino un corazón enojado, pero resulta que ahora nos estrellamos con la prueba contundente de lo contrario. A la tácita pregunta del por qué se da ese cambio tan brusco el sabio responde enigáticamente “No te apures en tu espíritu a enojarte porque el enojo anida en el seno de los necios” Nadie lo esperaba. Acto seguido, prosigue: “no preguntes por qué fueron mejores los días que ya pasaron que éstos presentes, pues no hay sabiduría en esa pregunta”. En la búsqueda de lo que es mejor nos hemos encontrado repentinamente con dos elementos inusitados y extrañamente vinculados entre sí: la adicción a las retrospectivas y el enojo (muchos psicoanalistas brincarían [18] oyendo hablar de este binomio). Es sugestivo como inquietante. Una campanada en la mente nos hace comprender de pronto cómo a lo largo de todo lo dicho por este hombre está el rastro de una antipatía por la retrospectiva, una convicción calada de que el ser humano tiene que enfocarse en lo porvenir y nunca descuidar su presente ni su futuro en nombre de glorias anteriores. La ruta del nacimiento a la muerte, de los días pasados maquillados por la idealización del tiempo a los del presente (que siempre están en deuda con la felicidad), conlleva en sí aquello de lo cual Salomón se percata, se asusta y se protege: el hombre que no mira [19] hacia donde la vida misma le sugiere mirar, está condenado al enojo de quien compara el pasado con el presente, de quien se niega la oportunidad de volver a disfrutar la vida. No así el paciente, quien todavía espera algo. Me viene a la mente Simeón, el anciano que tomó a Jesús en sus manos en el templo y cuya ilusión de vivir se basaba únicamente en esto: “el Espíritu Santo le había hecho saber que no moriría sin ver antes al Mesías, a quien el Señor enviaría” (¡!) Simeón era un paciente de espíritu, alguien que vivía porque esperaba.
Se inaugura en la búsqueda por lo que es mejor la etapa de la esperanza, el callado elogio de los que esperan. No se recomienda la consideración de la muerte sólo en virtud de su inminencia, sino también, y especialmente, del hecho de ser parte de la vida, de los días que Dios ha creado.
Los que buscan lo que es mejor sonríen medio avergonzados de su anterior adustez. De aquí en adelante se ve el resplandor de dos ventanas más. A diferencia de las anteriores sus marcos están pintados de colores vistosos y esto hace que, por reflejo, los buscadores de lo mejor vuelvan la vista para comprobarlo. Cuando lo hacen quedan admirados; no sólo sus marcos también se han llenado de color, sino que por cada una de ellas entra un chorro de luz que en nada hace pensar en los paisajes vistos, como si un viento hubiera barrido las nubes que los opacaban. Sólo la ventana que destilaba canciones y luminosidades espesas se ve ahora completamente marchita, semejando un agujero negro en medio de la claridad que satura el espacio. Es entonces cuando comprenden que toda la dureza, que todo lo que no se entiende, que todo lo que no se quiere, cumple un papel ingrato sólo hasta el momento en que lleva a los que buscan lo mejor hasta las puertas de la esperanza; y que una vez allí las adversidades dejan de ser motivo de enojo y se convierten en el fermento de la paciencia. Finalmente, no todo era tan complicado y una grandiosa simplicidad, como la de los unísonos después de un tutti orquestal, se abre paso. Por eso es que las últimas dos ventanas hablan desde el más maravilloso, popular y práctico de los sentidos, el común: buena es la sabiduría acompañada por la herencia y provechosa para los que ven el sol… En el día bueno vive bien y en el día malo piensa que Dios hizo el uno como el otro. Como quien dice “sí, todo muy bonito, pero de algo hay que comer… ahh, y sobre lo otro, si Dios es el que lo da todo ¿qué se saca con preocuparse? Nononó ¡hay que disfrutar la vida!”.
Decir más es empezar a decir menos.
La pregunta que nos metió en Eclesiastés 7 fue acerca del pesimismo y la esperanza en medio de la fe… qué le es más propio al creyente (entendiendo la palabra en su sentido menos religioso) ¿anclarse en la visión de los lutos para no olvidar nunca que tal será su fin y que nada mejor que llegar a la funeraria bien preparado, o vivir como llevado por el éxtasis de su escatología?
El sabio ha sido claro. Sutil y profundo, pero claro. De la misma manera que los atardeceres deberían bastar para que la humanidad entera reconociera que hay Dios (pero inexplicablemente eso no ocurre) sus palabras deberían ser suficiente indicio de equivocación tanto para quienes encontramos un secreto deleite en vivir enojados en nombre de la ortodoxia, como para los que dicen tener esperanza pero no quieren ni hablar de la las realidades adversas de la vida. Lo que es mejor es la esperanza que no se funda en el optimismo vacío, sino la que ha transitado la consideración del sufrimiento y la muerte, la que ha sido forjada a punta de reprensión y, reposando en la confianza de que es Dios quien opera tras el telón de las circunstancias, opta por la paciencia antes que por el enojo. Todo ello matizado por el sentido común: no hay que llegar a la inanición de los anacoretas en la búsqueda de la iluminación, ni a la turbulencia de Van Gogh para reflejar lo problemática que nos puede parecer la realidad, ni tampoco al hedonismo espiritual que se predica tanto en estos días y que para nada hace honor a la profunda carga existencial de la Palabra de Dios (la cual es, en últimas, la que permite que el ser humano, con su atado de dudas y certezas, se vea reflejado en ella).
Aquí hay toda una tarea por emprender o, como dicen ahora, una agenda. Si la iglesia no acomete de una vez su llamado a ser comunidad de esperanza, a considerar la vastedad del sufrimiento que la rodea y articularlo -a fuerza de amor y honestidad- con la paciencia nunca pasiva de la fe, estaría condenada a un único escenario posible: la necedad. Sea la necedad que se expresa en canciones irreflexivas que sólo desatan adrenalina o sea la necedad del enojo y la beautitud engañosa, que vive de esplendores de los que nadie se acuerda, se trata de una sola necedad; escondiéndose de cualquier reprensión que amenace su comodidad y, tarde o temprano, quebrándose como los espinos debajo de la olla.
En esa tarea la iglesia no está sola. Cuenta con la fidelidad de Dios y, muy especialmente, con el regalo de su palabra. Si así no fuera, el sabio se habría guardado sus dichos y no nos hablaría, desafiando tres milenios de distancia, con la actualidad y la fuerza con que lo hace.
BIBLIOGRAFIA
-Gleason Archer, Reseña crítica de una introducción al Antiguo Testamento. Libertador, Chigaco, 1964
-Harrison R.K. Los Escritos Sagrados, en Introducción al Antiguo Testamento. The Evangelical Literature League. Michigan, 1969
-Schökel Alonso, Luis. La Biblia del Peregrino. Verbo Divino, Navarra, 1997
-Vílchez José; Eclesiastés o Qohelet. Verbo Divino, Navarra, 1994
Versiones Bíblicas
Biblia Hebraica Stuttgartensia.
Biblia de las Américas
Biblia Cantera Iglesias
Biblia Nueva Versión Internacional
Internet
REITHMAN James. En Biblioteca Sacra 154, (July-September 1997); 297-319. Dallas Theological Seminary. Consultada en www.faculty.gordon.edu/.../ted_hildebrandt/OTeSources/21-Ecclesiastes/Text/Articles/Reitman-StructureEccl-BS.pdf